El mejor equipo desconocido de la historia

Algunos equipos no han ganado lo suficiente o no han conquistado los grandes títulos para entrar en el panteón de los mejores. Fuera del Barça, en la década reciente, el equipo que mejor ha jugado al fútbol en Europa ha sido el Arsenal que dirige Wenger. En los últimos once años, el Arsenal se ha renovado en tres ocasiones y ha mantenido una coherencia no ajena al éxito. Ha conquistado la liga y la copa inglesa, ha recorrido largas trayectorias sin derrotas, ha disputado una final de la Liga de Campeones y ha ofrecido un fútbol objetivamente atractivo. Con el tiempo, el Arsenal se habrá ganado la adhesión de millones de aficionados de todo el mundo. Hará escuela.

Hubo otro equipo extraordinario y casi nunca valorado como merece, un equipo que procedía de un universo desconocido en una época hermética, donde dos mundos se daban la espalda. Del mundo soviético surgió el Dínamo de Kiev.

Un antiguo jugador del Dínamo construyó el mejor equipo desconocido de la historia. A Valery Lobanovsky se le recuerda ahora por su rostro abotargado y la mirada fija en un punto indeterminado del horizonte. Sus últimos años estuvieron castigados por el alcohol y las enfermedades. Su último gran acto de servicio al fútbol mundial fue el descubrimiento y tutela de Shevchenko. Pero anteriormente forjó un equipo extraordinario, el mejor que vio la antigua Unión Soviética y uno de los más deslumbrantes que se recuerda en Europa. Le perjudicó una época donde el mundo soviético era un misterio en Occidente. Sólo las apariciones del Dínamo en Europa, o de la URSS en la Copa del Mundo, permitían disfrutar de la engrasada máquina que ideó Lobanovsky.

La autoridad del Dínamo fue tan grande en la URSS que la Selección acudió al Mundial de México ’86 con once jugadores del equipo de Kiev. Lobanovski era el entrenador. Aquel año, el Dínamo ofreció una de las cimas del fútbol en la final de la Recopa frente al Atlético de Madrid. Nadie se esperaba una exhibición de semejante calibre. Se decía de Lobanovsky que había armado un equipo de robots. El técnico tenía una aproximación de carácter científico al fútbol: todo debía responder a patrones establecidos, a respuestas físicas predeterminadas en los entrenamientos, a una suerte de laboratorio donde el espacio para lo inesperado tuviera el menor efecto posible. Los críticos consideraban que era un fútbol sin alma, incapaz de reaccionar a las situaciones adversas. Algo de eso se apreció en la trayectoria de la URSS en los Mundiales de España y México. Jugó partidos exquisitos, de una armonía absoluta, pero no tuvo respuesta a algunas complejas situaciones. Con menos vuelo, Bélgica impuso la astucia de sus veteranos en el duelo que libró con la URSS en México 1986.

En cualquier caso, en la final frente al Atlético de Madrid no hubo robotización, sino perfección, no hubo otro laboratorio que el de las ideas. Aquel equipo surgió de la otra orilla del fútbol para cautivar al mundo. Estos eran algunos de sus principales nombres: Blokhin, Zavárov, Belánov, Evtuchenko, Demianenko, Rats, Bal, Bessonov y el joven aprendiz Mijailichenko, que no disputó la final pero se anticipaba como la próxima gran estrella de ese FC Dynamo Kyiv. No había posibilidad en aquellos días de contratar a jugadores soviéticos para las ligas occidentales, pero el impacto de aquel equipo fue tan considerable que Italia y Alemania decidieron pescar como fuera a sus mejores futbolistas.

No hubo color en una final donde el Atlético se vio sorprendido por la multitud de recursos de su rival. Aunque Blokhin había perdido algo de su aceleración, todavía ejercía su autoridad en la delantera, donde los livianos Zavárov y Belánov eran dos balas. Venció 3-0 el Dínamo, y su segundo gol alcanzó la rara perfección de las jugadas a la mano del rugby. Fue un despliegue de izquierda a derecha que pasó, a un toque, por los pies de Zavárov, Belánov y Blokhin, mientras los defensas del Atlético trataban inútilmente de corregir sus posiciones. Blokhin cerró la jugada con un espectacular remate. Todo ocurrió a una velocidad de vértigo, con precisión de relojeros y con el pie. Gol para el recuerdo.

Ahora sabemos un poquito más de aquel equipo que se ha mantenido casi anónimo, tal vez, el mejor equipo desconocido de la historia. 

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