Qué solos nos estamos quedando…

En honor a su vida y obra dedico este humilde y diminuto espacio a un hombre tan grande como lo es Mario Benedetti.

Hombre digno, escritor plural, de pensamiento e ideas comprometidos. Falleció este domingo 17 de mayo, en Montevideo. Hoy millones lamentan su pérdida, principalmente en el mundo de la poesía y la literatura, pero también tiene su repercusión en el mundo de la pelota, y es que supo dedicarle más de un verso a aquello que hace más popular al hombre: el fútbol.

Hincha confeso de Nacional, dentro de su vasta obra localizamos Puntero izquierdo, fabuloso cuento en el que retrata, desde la mirada de un jugador, la difícil vida laboral y económica que sufre un futbolista uruguayo de divisiones menores que se enfrenta ante la disyuntiva de ganar un partido para lograr el ascenso o colaborar con quienes le ofrecen una nada despreciable posibilidad económica a cambio de entregar el partido, y con él, su dignidad. “Los periodistas escribieron que mi gol, ese magnífico puntillazo, había dado el más rotundo mentís a los infames rumores circulantes. Yo ni siquiera me di la ducha porque quería contarle a la vieja que ascendíamos a Intermedia. Así que salí todo sudado, con la camiseta que era un mar de lágrimas, en dirección al primer teléfono.”

También El césped nos acerca al fútbol a partir de un portero avergonzado por recibir un gol de su amigo, detalle suficiente para quitarse la vida. “Desde la tribuna, es un tapete verde. Liso, rectangular, aterciopelado, estimulante. Desde la tribuna quizás, crean que, con semejante alfombra, es imposible errar un gol y mucho menos errar un pase. Los jugadores corren como sobre patines o como figuras de ballet. Quien es derrumbado, cae seguramente en un colchón de plumas, y si se toma, doliéndose, un tobillo, es porque el gesto forma parte de una pantomima mayor. Además cobran mucho dinero por divertirse, por abrazarse y treparse unos sobre otros cuando el que queda bajo ese sudoroso conglomerado hizo el gol decisivo. O no decisivo es lo mismo. Lo bueno es treparse unos sobre otros mientras los rivales regresan a sus puestos, taciturnos, amargos, cabizbajos, cada uno con su barata soledad a cuestas”, se puede leer en uno de los pasajes del cuento.

En alguna que otra novela pudo reflejar su pasión por el fútbol. En Andamios escribe: “Y ya que nadie te informa de cómo van Peñarol o Nacional o Wanderers o Rampla Juniors, te vas convirtiendo paulatinamente en forofo del Zaragoza o del Albacete o del Tenerife, o de cualquier equipo en el que juegue un uruguayo o por lo menos algún argentino o mexicano o chileno o brasileño”.

No podía faltar alguna referencia suya acerca del partido que detiene la respiración uruguaya: “Que un hincha de Peñarol se enamore de un chica de Nacional, o viceversa, puede originar resentimientos familiares de la envergadura, que los conviertan en los Montescos y Capuletos del subdesarrollo”.

Nunca olvidó, y se lo agradecemos, la importancia que tiene el fútbol en Uruguay. “Nos hizo mucho bien el fútbol. Fuimos campeones olímpicos de fútbol en los años veinte, en 1924 y en 1928, y en 1950 le ganamos a Brasil la final de la Copa del Mundo en el Maracaná. Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡Cuando ganamos las Olimpiadas, en París, la gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón! Cuando ganamos en 1924, me acuerdo que estábamos en Tacuarembó, y mi padre escuchaba una radio española con unos auriculares que no sé de dónde se sacó. En 1928, ya en Montevideo, seguíamos los resultados en la plaza Libertad, a través de unas pizarras. Uruguay jugaba la final, con Italia, y bajaban los cartelones: ‘Uruguay cede corner, Italia cobra offside’. ¡Uruguay ganó 3-2!”.

Así como a los uruguayos les hizo bien el fútbol, a nosotros nos hizo bien, muy bien, demasiado bien, Mario Benedetti. Lo tengo y lo tendré como un escritor fundamental, un hombre que, sin saberlo, ha depositado alguna semilla de su idea y pensamiento en mí. Resulta conmovedor leer tantos y tan sentidos comentarios en los muchos sitios que han dado a conocer la noticia de su muerte.

Percibo mucho dolor, pero quizá no sea por la muerte del gran poeta, sino por el temor de no conocer nunca más alguien que esté a su altura. Qué solos nos estamos quedando. Chau Mario Benedetti.

Comentarios

Your email address will not be published. Required fields are marked *