Chavas, ¡entiéndanos!

A las mujeres que no les gusta el fútbol… o no mucho. A Jaz.

Hay circunstancias adversas que un aficionado tiene que enfrentar toda vez que se adentra en el mundo del fútbol; circunstancias que no son impedimento para que apoye a su equipo, a sus colores. Es muy común sortear un castigo por parte de los padres, conseguir la lana para el boleto, intercambiar guardias de trabajo, aliviarse de una fuerte gripa, entre otros. Pero qué sucede cuando en nuestro camino nos topamos a la mujer ladrona de nuestros sentimientos ¡y no le gusta el fútbol! ¿Un dilema?

Si bien es cierto que a los de mi género se nos da por fingir y ceder ante las féminas durante el proceso de la conquista, también lo es que no podemos ocultar o negar nuestra devoción futbolera. En este preámbulo de una relación, de inmediato se suscita la primera gran confrontación directa (sin que ellas se percaten, quizá si) cuando ellas comienzan a criticar y descalificar a los hombres amantes del fútbol. “No le veo ningún chiste”, “sólo son un grupo de hombres detrás de un balón”, “es una pérdida de tiempo”, “mi hombre no debe ser tan estúpido como para que le guste el fútbol”.

(Paradójicamente aguantamos las agresiones de la persona a la que queremos deleitar con caricias. ¿Por qué? Recordemos que ellas tienen motivos muy, pero muy, poderosos para dominar nuestra atención)

Sin embargo, se llega a un arreglo que no necesita de explicación ni de la firma de un contrato, ¡sólo eso faltaba! Para que nos acepten con ese “defecto” que les puede llegar a incomodar. “Nada más recuerda que también debes tener tiempo para mí, no quiero verte echado todo el fin de semana viendo fútbol”, “total, son tus gustos”. Afortunadamente no hay partidos después de las 11 de la noche ni todos los días. ¡Mi amor, siempre tengo tiempo pa’ ti!

Conforme avanza el proceso, ambas partes cedemos para comprendernos, más no siempre para entendernos y en ocasiones nos podemos encontrar con una desventaja: la paciencia. En nuestro caso nos acoplamos a sus eventos sociales (ni modo de huirle al tarro), a sus gustos por la ropa y su compulsión por las compras (siempre hay un padre o un marido con quien intercambiar comentarios), a sus caprichos (si nos les cumplimos, pues) y a convivir con su familia (nunca falta el tío o el hermano que nos apoya y nos concede razón en todo). En el caso de ellas, se sientan a ver un partido con nosotros porque “nos quieren” (todo el partido se la pasan preguntando), nos acompañan al estadio (durante 90 minutos nos recuerdan que tenemos que ir a visitar a la suegra), nos regalan una playera (siempre del equipo al que no le vamos). Eso sí, cómo nos deleitan con esa frase que determina nuestra relación por unas horas: “sólo dime que no van a venir tus amigotes”. ¡Mejor ni avisarles!

Es curioso concluir que sin ellas definitivamente no podemos vivir, y sin el fútbol tampoco. Quizá la desventaja que tiene este último es que no pueden darnos las satisfacciones que las féminas sí pueden. Pero ya habrá mecanismos para poder integrar ambas partes. En fin, la mujer es lo más bello que existe sobre la tierra… pero como dice Villoro: “Dios es redondo”.

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