Evanivaldo Castro ¿Cabanho?

Parado, gritaba poco, gesticulaba. Hablaba por teléfono y después volvía los ojos a la práctica. El entrenador le preguntaba cosas, se le acercaba la gente por autógrafos. Yo, desde lejos lo analizaba. Estaba desorbitado, incrédulo, ansioso. Y él seguía parado, apenas viendo, apenas dirigiendo.

Un amigo llegó corriendo y me dijo «vamos tráete un cuaderno y una pluma». Pero me bloqueé. No sabía qué hacer, tenía un pánico raro. Ya había hablado con personajes ilustres, con gente famosa y sí, me entraba el cosquilleo, como ese sentimiento de que no crees que sea real, pero lo es. Pero con él me sentía nublado, como muerto en vida.

Un rato después llego mi cuate con un autógrafo apenas legible. Decía, para Emiliano con cariño, de su amigo… ¿Carruso? ¿Calado? ¿Castro? No, no. Pero en fin, tenía su autógrafo. Riéndome, le dije a mi amigo «no mames, es Cabanho, vino su doble».

Pero no. El verdadero, inigualable, histórico Cabinho, estaba en mi Prepa. Firmando autógrafos, posando para la foto, entrenando a las campeonas. La Prepa 6 en fútbol femenil había ganado todo desde que yo estaba estudiando ahí.

Así que se consiguieron el contacto de Cabinho y llegó a animarlas, visorearlas y entrenarlas. Se supone que habría después una charla con Leonardo Cuéllar, pero sólo aquellas que en verdad mostraran talento.

Terminando el entrenamiento corrimos y esperamos a un lado del campo arenoso. Por fin se acercó y le firmó, ahora, la camisa a mi amigo. Nos contó sus planes, sus proyectos. Dijo que lo mantenían olvidado ahí en la institución puma, lejos de cualquier protagonismo.

Tenía un proyecto de dirección técnica. Era el momento en que Hugo Sánchez se estaba tambaleando al frente de la Universidad, luego de haber sido bicampeón. Cabinho, cabizbajo, con poca presencia, o por lo menos la que yo esperaba del mejor de todos los delanteros que habían existido en nuestro fútbol.

El Cabo terminó de platicar con nosotros y se fue. Casi nadie lo reconoció en ese momento. Yo no pude dormir: había intercambiado puntos de vista y escuchado la historia de Evanivaldo Castro. Pensé que lo volvería a ver, por lo menos dirigiendo fuerzas básicas o Primera A, o a los Pumas. Pero hasta ahí quedó. Parece, según contó aquella vez, que las mafias futboleras no lo dejarían llegar a los reflectores, al primer plano. Cabinho no era del agrado del patronato, algo así como El Tuca, inteligente, respondón y bocasuelta.

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