¿Y el amor a la camiseta?

Extraña es la noticia, pero cierta. Posiblemente el lateral izquierdo, ahora de Tigres, Edgar Castillo, sea llamado por la Selección norteamericana, para que forme parte del conjunto subcampeón de la Confederaciones. Sí. Es triste, pero cierto. El habilidoso jugador, nacido en Nuevo México en 1986, ha declarado que si la Selección comandada por Bob Bradley le hace el llamado, lo aceptaría con gusto.

Castillo, que hasta hace un año fungía como revelación y promesa segura de la banda izquierda nacional, se ha estancado dentro de la farándula futbolística. Olvidó sus colores, hace seis meses, al seguir las comodidades del dinero y llegar al América, uno de los clubes más grandes de México. Probablemente pensó que evolucionaría su estatus de promesa, pero vino a menos y se quedó estancado. Además dejó el reto de jugar en Coapa, por el proyecto que encabeza Daniel Guzmán para salvar a los Tigres de la UANL, además de la respectiva comisión que le sedujo.

Los caprichos de Castillo suenan incómodos y fuera de lugar, además de desproporcionados. Por qué quiere formar parte de la antítesis futbolera mexicana, si ya había cumplido la etapa de formación en las selecciones menores verdes. Ahora Castillo se siente yanqui. Siente las barras y las estrellas en el corazón y ha olvidado su amor por el verde, blanco y rojo.

«Si me llama Estados Unidos, voy. Con México lo tendría que pensar. Solamente he sido convocado una vez por Aguirre y no jugué, entonces yo he dicho que estoy dispuesto a jugar con Estados Unidos»: Edgar Castillo

No. Las oportunidades existen y a Castillo siempre le hizo falta madurar. Es un lateral rápido, acelerado, pero con poca resolutiva en el momento decisivo. Edgar Castillo obedece a los reflectores, a la farándula, a lo mediático. Y cómo no aceptar la oferta del mejor equipo de la Concacaf. Y cómo no olvidarse de la mediocridad de la Federación Mexicana de Futbol. Y cómo no dejar de lado y guardar la negra historia que carga con la eliminación del clasificatorio por los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, con México.

Castillo es fiel seguidor de quienes saltan del barco como primera opción, antes de ayudar y superarse, para mejorar el balompié azteca y en dado caso al América. El Gringo le deja en claro a la Femexfut que de no llamarlo, se va. ¿Lo merece? ¿amerita un llamado a la escuadra norteamericana? No, no lo creo.

Pero tranquilos, tranquilícenme. Es respetable el cariño que siente Castillo por la nación que asiló a sus padres y que lo abrazó al momento en que nació. Y lo cierto es que todavía no existe tal lista, todavía el Gringo Castillo sigue siendo mexicano. Pero hay que pedir, ante la duda, que no lo vuelvan a llamar para que defienda los colores que lo formaron como persona, como ciudadano, como futbolista y como la promesa que todavía presume ser.

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