El Jefe Negro

Todos tenemos nociones de lo que fue el Maracanazo, pero para algún despistado le recordamos que fue la más grande hazaña de que se tenga cuenta en el fútbol mundial. Copa del Mundo de Brasil 1950, estadio Maracaná de Río de Janeiro, 200 mil brasileños reunidos en el partido final contra Uruguay sólo para ver a su selección levantar la Copa. El empate les bastaba, anotaron primero y… al final cayeron 2-1.

Todo estaba en contra de los uruguayos. A pesar de haber ganado la medalla de oro en dos Juegos Olímpicos (1924 y 1928), y conseguir el Campeonato Mundial de 1930, llegaban como víctimas, como perdedores anticipados. No sonaba ilógico, Brasil tenía un equipo soñado con nombres como Ademir, Zizinho, Jair, Danilo y Friaça. Por si fuera poco estaban en su país y con el respaldo de un estadio que contaba por tres, o cuatro, o cinco.

Un día antes de la final, el 15 de julio, el diario O Mundo publicó a ocho columnas junto a una fotografía del equipo brasileño: “Estos son los campeones del mundo”. Incluso se dice que el cónsul uruguayo en Brasil, Manuel Caballero, compró más de dos decenas de ejemplares y los repartió entre los jugadores charrúas diciéndoles: “Mi pésame señores, ya están vencidos”. Por supuesto la intención no era otra que picarles el orgullo. Encontró inmediata respuesta en el capitán, Obdulio Varela, El Jefe Negro, quien llevó a sus compañeros al baño del hotel Palsandú, donde delante de todos orinó el ofensivo periódico.

Un día después, ya en el Maracaná, la Selección Uruguaya caminaba el largo túnel que comunica al vestidor con la cancha mientras escuchaban un ensordecedor apoyo a sus rivales. Obdulio se detuvo y soltó: “Ahora vamos a jugar como hombres, no miren la tribuna, el partido se juega abajo. Este partido se gana con los huevos en la punta de los botines”. Veintidós años más tarde, en entrevista con Osvaldo Soriano, Varela explicaba: “Yo había jugado un millón de veces en canchas sin alambrados, a merced del público y siempre salí sanito. ¡Cómo iba a achicarme ese día en el Maracaná que tenía todas las seguridades!”.

Como si fuera una tarde ideal para dejar frases históricas, nos dejó otra al momento que salían los equipos al campo, cuando reporteros y fotógrafos se centraban únicamente en los brasileños: “Dejen a esos monos y vengan aquí, los campeones vamos a ser nosotros”, les gritó a dos reporteros montevideanos. Ni sus paisanos parecían confiar en el milagro.

Ceremonia del volado y ganó Uruguay. Obdulio, nada diplomático, obligó a Brasil a cambiarse al otro lado de la cancha, la que siempre habían elegido en los partidos anteriores. Ni modo, el asunto no estaba para gentilezas.

Las crónicas cuentan que Uruguay apenas sobrellevaba el partido. Brasil agredía y ellos aguantaban. Los brasileños parecían ser los mismos que contra España y Suecia, donde resultaron, como siempre, vencedores. Aún así, la Celeste aguantó y mantuvo el cero hasta el descanso.

Llegó el segundo tiempo y con él la consolidación del Jefe como leyenda. Y aquí me detengo para describirlo un poco más. Obdulio Jacinto Muiños Varela, camiseta número 5 y capitán uruguayo, hijo de español y negra, nació el 20 de septiembre de 1917. Cursó tres años de escuela primaria para luego trabajar como lustrador de zapatos, vendedor de diarios y albañil. En su barrio lo conocían por Vinacho debido a su gusto por el vino tinto. Jugó en Juventud, Wanderers y Peñarol. Debutó en la Selección Uruguaya en 1939.

La segunda mitad no empezó nada bien. Friaça anotó para Brasil al minuto dos. El estadio hervía. Lo que se vivía en el Maracaná no lo podía soportar cualquiera. Los mismos jugadores locales parecían impactados con el escenario. Justamente Friaça, años después confesó: “Parecía que el mundo se nos caía encima”. Fue en ese momento cuando inició el repertorio de experiencia y tranquilidad de Varela. Recorrió lentamente treinta metros para recoger el balón aún anidado en las redes, lo puso debajo del brazo y se dirigió al juez de línea inglés, Arthur Ellis, para exigir una posición fuera de lugar. Por supuesto no existía y él lo sabía. Después fue con el árbitro central, George Reader, también de Inglaterra, para ampliar el descontento. La barrera del idioma hacía todo inútil, ni el silbante entendía el reclamo, ni Varela entendía explicaciones. Transcurrieron eternos segundos, por ahí cuentan que 73, en los cuales todo el estadio, todo el mundo, esperó a que a Obdulio se le diera la gana continuar el juego.

Obviamente no logró que invalidaran la anotación, pero no es lo que le interesaba. Después de su numerito consiguió algo aún más difícil, silenciar el estruendo brasileño, que se había enfriado luego del receso de más de un minuto. El árbitro reanudó el juego pero ya con una historia diferente, con Vinacho como dueño de los tiempos.

Gritó y animó a sus compañeros. A Julio Pérez le pedía “más sangre, más sangre”, por supuesto refiriéndose a la propia, nunca a la ajena.

El empate cayó de la pierna de Schiaffino luego de un centro de Ghiggia. Todo uruguay se abrazaba… menos Obdulio. El Jefe Negro se detuvo en el círculo central mientras agitaba su camiseta y exigía “más alma, más alma”. Cuando le preguntaron por qué sacudía la camiseta respondió que “sólo ella podía llevarnos al triunfo”.

Para esta altura el estadio era silencio. Rivadavia Correia Meyer, presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol declaró que se podía escuchar el vuelo de una mosca. Era el momento justo para ir por la victoria y ocurrió.

Eran las 16:38 del 16 de julio de 1950. Minuto 33:30 del segundo tiempo. Julio Pérez conducía el balón que entregó a Ghiggia, éste regresó a Pérez quien lo envió profundo nuevamente a Ghiggia quien superó en la carrera a Bigode, Juvenal llegó tarde al cruce y el arquero Barbosa regaló el primer poste por donde se coló el balón más histórico de todos. Uruguay 2, Brasil 1. El padre de Ricardo Tuca Ferreti estaba ese día en el estadio, recuerda el técnico puma, quien ratifica que el silencio era tal, que a pesar de estar rodeados por 200 mil personas, los gritos eufóricos de los jugadores uruguayos se escuchaban hasta la parte más alta de todo el Maracaná.

Para coronar al campeón se había preparado una ceremonia con los himnos nacionales, discursos, invitados distinguidos y guardia de honor. Cuando Jules Rimet, presidente de la FIFA, salió del túnel con la copa en sus manos, no vio micrófonos, ni banda, ni música, ni guardia de honor, ni invitados. Él mismo lo escribió en sus memorias: “Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay”.

Obdulio Varela no marcó los goles de su equipo, pero ante el episodio de los reclamos luego del gol brasileño recordó: “¡Las cosas que me decían!, estaban furiosos. La tribuna chiflaba, un jugador me vino a escupir, pero yo, nada. Serio. Cuando empezamos a jugar de nuevo, ellos estaban ciegos, no veían ni su arco de furiosos que estaban”.

No son pocos los que han jugado con la posibilidad de que el día que se escriba “El gran diccionario del fútbol”, cuando se busque por la palabra “Capitán”, venga acompañada con la foto de Obdulio Varela. Radamés Mancuso, autor del libro Obdulio, el último capitán, escribió: “No digo que fue él quien ganó el partido, digo que sin él no se ganaba”.

Sin duda un momento que marcó la historia del fútbol uruguayo, brasileño y mundial. Bien lo definió Paulo Perdigão en su libro Anatomía de una derrota: “De todos los ejemplos históricos de alcance mundial, la copa del ’50 es el más bello, el más apoteósico: es un Waterloo de los trópicos, y su historia es nuestro crepúsculo de los dioses.

Como siempre estos grandes hombres y nombres no reciben en vida lo equivalente a la alegría que regalaron desde el campo de fútbol. Obdulio Varela, El Jefe Negro, murió el 2 de agosto de 1996 a los 78 años. Nació, vivió y murió en la pobreza.

Desde aquí un minúsculo homenaje a uno de los históricos del fútbol mundial.

4 comentarios

  1. Queta martes 28, julio 2009 at 15:04

    Cuánta emoción.
    Hasta me dieron ganas de llorar.

  2. MOLLETUCA jueves 30, julio 2009 at 21:37

    Señor, qué emotivo texto.
    Qué buen trabajo de investigación
    Felicidades.
    Un abrazo.

  3. Jairo Martínez viernes 31, julio 2009 at 1:06

    No pues gracias por el comentario y por visitar la página..

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