Relatos donde el balón mata sexo

En algún lugar, en un tiempo…

Matilda se levantó con una emoción distinta a otros días. Salió con toda tranquilidad de su casa para ir a trabajar. El tráfico y la muchedumbre no la agobiaron para nada. Al llegar a su oficina, saludó a la recepcionista que tan mal le cae. Los gritos y reclamos de su jefe no le hicieron ni cosquillas. Todo el día permaneció de buenas y trabajó con mucho entusiasmo, sin sentir alguna presión.

Antes de salir del edificio donde trabajaba, pasó unos minutos al baño para colocarse el neglille negro que salió a comprar durante la hora de la comida. Escondida la sensualidad bajo el traje sastre que vestía, se dirigió de nuevo a casa. En la esquina se detuvo un momento y abrió su bolso para comprobar que no había olvidado el lubricante que le vendió una de sus compañeras dedicadas a ese tipo de negocio.

En cada paso que daba antes de llegar a la puerta el sonido de los tacones le producía una sensación distinta, las posiciones del kamasutra le inundaban la mente. Aceleraba el paso; ansiaba llegar a los brazos, al cuerpo de su hombre. Su respiración se aceleró y sus entrañas comenzaron a sudar. Pero al abrir la puerta… ¡gooooool! Ahí estaba su hombre, que en compañía de los amigotes, festejaba la anotación del equipo al cual era aficionado. Ups ¿Se le olvidó a Matilda que esa noche había fútbol?

En otro lugar, otro tiempo…

Mauro tenía todo preparado para el partido: botanas, cervezas y un control con pilas nuevas. Debutaba la selección en el Mundial y era el momento de dedicarle toda la atención debida al televisor. En el baño, su chica moría de ansias por hacer el amor; inquieta e indecisa se acariciaba los senos. (Días antes habían discutido porque ella le reclamó la falta de detalles en la relación, a lo que él le respondió con un azotón de puerta).

Sonó el pito del árbitro y el juego comenzó. Ni tardo ni perezoso, Mauro comenzó a alentar a su equipo. “Venga, venga”. Ella más se acariciaba los senos y deslizó su mano por todo el cuerpo. Falta a las afueras del área y tiro libre a favor de la selección: el cobrador se preparó y voló el balón. “Era nuestra, era nuestra”, gritó un enojado Mauro. Ella se acariciaba los muslos, mientras una lágrima se derramaba con flojera por su rostro.

Y pasaron los primeros 45 minutos, y pasó el medio tiempo y el partido terminó 0-0. Mauro estaba frustrado, calló el gol que tanto había deseado gritar. Pasado el letargo del partido, con la bipolaridad que genera un partido mundialista, Mauro se acordó de su chica. La buscó en el baño, en la recámara, en la cocina, hasta pensó que jugaba a las escondidas. “Mi vida, tengo ganas de hacerte el amor”. De repente Mauro volteó hacia la puerta, estaba abierta. Desconcertado, y por un impulso, corrió a la ventana para asomarse si ella se encontraba sentada en la acera frente al edificio, donde le gustaba sentarse a fumar. No vio a nadie, sólo a una paloma blanca que a velocidad pasó frente a él… y entonces la puerta se cerró.

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