Fuera de lugar, ¡yo estaba en fuera de lugar!

Era el final del entrenamiento. Como siempre jugábamos la reta. No importaba mucho la disposición táctica, ni el acomodo, ni mucho menos el estilo de juego. Los entrenadores, Rafa y Emilio, se divertían viéndonos, animándonos, jugando con nosotros.

A mí me encantaba jugar de portero/delantero. El clásico portero ambulante de los arduos encuentros gol-para. En el equipo mi tiempo como atajador había terminado y ahora figuraba en la mente de los entrenadores, como el próximo atacante. También había sido colocado en la defensa, como stopper.

Los goles no eran mi principal objetivo, sino el ayudar para hacerlos. Realmente había anotado poco. Si bien le pegaba con tino, colocación y potencia al balón, prefería mandar centros u orquestar el ataque. Un orquestador…

Algo cansados, luego del trabajo físico (vaya que le habíamos impreso ganas y coraje), nos encontrábamos practicando un partido. Eran mis primeros minutos como delantero.

Ese día la dupla Rafa/Emilio se intercalaba el análisis, con el arbitraje de la cascarita. Íbamos perdiendo, cuando un riflazo de Poncho, el lateral, colocó la igualada y con ello la esperanza en nuestra firme intención de ganar el partido, por amistoso que fuera.

A punto de finalizar la preparación para el fin de semana, se detuvo el tiempo. Era como ver todo en la cámara Phantom, pero con mis propios ojos. Lo estaba viviendo. Era mi oportunidad, mi chance, mi momento de demostrar que también podía anotar.

Recuerdo que en esa época me había rapado, me sentía Ronaldo. Recuerdo también que llevaba un playera blanca, la de batalla. No olvido la imagen mía con el balón, tocándolo suavemente para la definición, corriendo con los brazos abiertos como un avión, celebrando el gol en la cascarita.

El portero, tirado en el suelo, se estaba riendo. El entrenador Emilio se moría de la risa. Mis compañeros de equipo se carcajeaban. En eso me detuve, bajé los brazos y me tomé el coco. Mis manos cubrieron mi rostro incrédulo. Rafa, el árbitro improvisado, tenía la el brazo levantado, con la mano extendida. El silbato le colgaba de la boca y sonaba, como alarma de banco.

Ni siquiera mis reclamos pudieron hacer mella en el orgulloso árbitro. Al punto del llanto le reclamaba: “¡pero si estaba habilitado, mira, mira!”. Al fondo, sentados y jugando con la tierra y un par de piedritas, Ulises y Eduardo, los defensas del equipo contrario. Mis amigos, que realmente no tenían tanto interés en el fut, pero ahí estaban, al pie del cañón.

Rafa, desencajado, seguía riéndose. Carcajeado, silbó el final, al tiempo en que el portero, antes caído, despejaba, tras mi definición de colección.

Al final me acerqué enojado, frustrado y con la verdad en la mente. “Pero si ahí estaban Uli y Lalo”, le reclamaba. “Fue fuera de lugar, fuera de lugar”, decía Rafa, “fuera de lugar, yo soy el que estaba en fuera de lugar” y una sonora carcajada se asomó de su garganta. Yo tampoco contuve la risa y terminé aceptándolo. Me fui sabiendo que sólo la memoria guardaría la imagen de un chamaco de diez años, celebrando cual final de Copa Mundial, algo que ni siquiera existió, ante un escenario repleto de amigos, inocencia, risas y burlas. Ese sí que eran tiempos del Buen Fútbol.

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1 comentario

  1. Xunik martes 4, agosto 2009 at 22:03

    Chido,
    cada vez mejoras.
    Saludos.

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