Relato del portero: héroe y villano, solitario

Esa noche…

Mateo llegó a su casa y dejó la maleta a un costado de la puerta. Se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y sacó una cerveza. Con su lata en la mano se acomodó en el sofá de la sala y con el control encendió su aparato de sonido. Al escuchar Enjoy the silence, de Depeche Mode, rompió en llanto. Bebió rápidamente la cerveza y aventó la lata con la fuerza que provoca la ira. Sollozaba y sollozaba, pero de repente sintió el impulso de golpearse a sí mismo. Se golpeaba con el puño cerrado una y otra vez. Se lamentaba, se culpaba: estaba deprimido.

Horas antes…

Aquél que fuera el arquero titular y héroe de mil batallas, querido y ovacionado por su afición, hoy era el enemigo: el arma mortal. Momentos antes de iniciar el partido, el entrenador le notificó a Mateo que iría a la banca. Mateo entendía la decisión, pero no la compartía; cualquier portero comete errores. Lo que Mateo no alcanzó a entender es que sus errores le habían costado al equipo dos derrotas consecutivas, ocho goles en contra y haber perdido el clásico ante el odiado rival. La porra lo abucheaba y lo insultaba. Sus compañeros le pidieron en secreto al entrenador que por favor no lo alineara. El entrenador así lo hizo… Mateo se fue por primera vez a la banca desde que debutó hace 10 años.

Días antes…

Tras arribar al aeropuerto después de haber ganado un partido crucial en el extranjero, Mateo y el equipo fueron recibidos con vítores y porras por parte de la afición que se conglomeró para celebrarles su hazaña. Familiares de los jugadores también acudieron a recibirlos. Hijos, hijas, esposas, padres, madres y hasta abuelos. Todo era felicidad.

Mateo fue recibido por su esposa Julia y sus dos hijos, Emiliano y Paulina. Con un beso seco, Julia lo apuró y le pidió que le brindara un par de minutos. A indicación de Julia, Rosa, la niñera, se llevó a los niños. Mateo estaba desconcertado. Julia y Mateo ingresaron a un café que se encuentra dentro del aeropuerto. ¿Qué sucede?, preguntó Mateo.

Conteniendo el llanto, Julia le dijo con firmeza que lo dejaba, que se separaba de él. Le explicó que ya había tolerado muchos años de ausencia, la poca convivencia con su familia. “Sí, ya sé que eres futbolista, ese no es el problema”, sentenció Julia. Le reprochó que se olvidara de besarla, de invitarla a salir, de reconquistarla. Le recriminó el perderse los festivales escolares y eventos conmemorativos de los niños.  Terminó rápido y le pidió el divorcio.  Julia se levantó y se fue… se le olvidó decir la verdad.

De regreso en esa noche…

El teléfono sonó y sonó durante varias horas.  Mateo no contestó. Al otro lado del auricular estaba Julia desesperada, arrepentida de haberse ido con el hombre que representó su aventura del momento; pero que la ceguera la hizo confundir con amor.

Marca de nuevo, se aferra a que Mateo le responda. Mientras espera, recuerda que Mateo siempre ha sido buen padre y que para llegar a ser el portero que ahora es le había costado literalmente sangre, sudor y lágrimas. Le vinieron a la mente las malas experiencias de su suegro dándole cinturonazos a Mateo por considerar el fútbol una profesión mísera y las burlas de sus compañeros por ser un hombre de origen humilde.

El teléfono sonó y sonó toda la madrugada… Mateo no contestó.

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