¡Estos sí son videoescándalos!

Tras la caída del Chaco Giménez en el área y la implementación de la Regla del Video, para determinar suspensiones, el fútbol mexicano ha entrado a una esfera de repercusiones, críticas, réplicas, sanciones, burlas y declaraciones.

La herramienta de la tecnología como arma de determinación, en principio, no se oye mal. Siempre hay que evolucionar. Sin embargo la vía que ha tomado el rumbo de las determinaciones del comisionado Alfonso Sabater, ha entrado directamente a un mar de polémicas, de donde no saldrá, ni se salvará.

El jugador de Pachuca fue suspendido en la primer jornada, tras haber fingido una falta dentro del área, el colegiado haber marcado penal y haber aprovechado la oportunidad para anotar el tanto decisivo.

En la segunda jornada, Aquivaldo Mosquera, del América, le dejó un par de recuerdos a Mauricio Romero, defensor del Morelia. Los golpes del colombiano fueron captados claramente por las cámaras de televisión y así, reportadas a la Comisión Disciplinaria, que acató la petición y congeló al americanista por tres fechas.

Más tarde la misma suerte ensució a Matías Vuoso, quien al haber sentido la presencia de un rival, en el área y tras un centro, se desvaneció y logró vender un penal. Pena máxima que llevó al Santos a marcar un tanto a la pizarra.

La regla estrenada en el torneo actual, dice que solamente se aplicará en caso de que el penal sea convertido en gol, en caso de falla, no se tomará en cuenta la inconformidad.

A lo que a Mosquera se refiere, el Club América presentó una apelación, por la vía de un video inédito, no oficial, borroso, y que aparentemente demostraba que Aquivaldo había sido provocado. La sanción se redujo a un encuentro.

¿Vale lo mismo un puñetazo, que aventarse un clavado? ¿Es parte del fútbol la famosa jiribilla, picardía o gracia? ¿Deberían ser castigados los hombres de negro, que se dejan seducir ante la “genialidad” de un farsante?

El hecho es que, dejando la historia del lado, no es posible aplicar una regla con desigualdades en la dictaminación. No es factible aplicar una regla que únicamente se implemente en el área rival, dejando atrás el ancho y largo del terreno. No es viable aplicar una regla que, con sus intenciones buenas, se corrompa fácilmente.

Sería una utopía del famoso Fair Play exterminar los engaños. Para los románticos, son parte del deporte, datan desde siempre, sacar ventaja es lo más común. En la regla de la Comisión Disciplinaria no están contemplados los abusos verbales, y eso deja una brecha profunda.

El Fair Play, supuestamente, ve por los intereses del buen juego, del desarrollo correcto, con costumbres sanas y promueve la lealtad y honestidad. Y si un jugador es golpeado y se queda en el suelo, debe ser atendido. Se corta la jugada gracias al equipo rival que tira fuera el balón. ¿Qué pasa si el caído está fingiendo? ¿También lo echarán uno, dos o tres juegos?

Dentro de un partido, el fingir un penal o una falta equivale a un cartón amarillo y no a una expulsión. Es obvio que no se está aplicando correctamente la “buena intención” de la Federación.

“Sin mañas no habría fútbol”, decía el Rolfi Montenegro. “Es lo más bello”. Tal vez no sea lo más hermoso, pero sí forman parte de él. Un juego limpio engloba más cuestiones que probablemente estén ubicadas por encima del campo. Con estas decisiones, las miradas y la atención se dirigen a la cancha, pero no hay que olvidar que el mayor mal se encuentra sentado, en la cúpula, en la línea que divide al balompié del negocio del poder.

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