Relato de fútbol y migración (un chiva y el Río Bravo)

Todo comenzó en la cantina…

Acompañándose de un buen mezcal, Arnulfo le explicaba a Leónidas su decisión para irse al otro lado. “Aquí la cosa ya está muy fea, ya no me alcanza para nada”. Sin caer en una charla paternalista, Leónidas le dijo que lo pensara bien, que pensara en su mujer y en sus chamacos. “La Border Patrol anda perra, mejor piénsalo dos veces”. Incómodo por el consejo, más bien asustado, Arnulfo le da un giro a la conversación. “¿Y cómo viste a mis Chivas? No veo quién pueda ganarles”

 Y después en la casa…

Antes de irse a la escuela, José, hijo de Arnulfo y Teresa, le da un beso a su padre. “Adiós pa. Oye, ¿cuándo vamos a ir al estadio?, hace mucho no vemos a las Chivas”. “Muy pronto mijo, muy pronto”. Apenas sale José de la casa y Arnulfo se mece los cabellos. “Ya ves vieja, no hay de otra que irme pal otro lado”. “Pero es muy peligroso Arnulfo, tengo miedo”. Arnulfo abraza a Teresa y le avisa que irá a ver a un amigo que lo va a contactar con un pollero.

La verdad…

Tras regresar de contactar al pollero, que le cobraría cinco mil dólares por pasarlo, Arnulfo entra a una capilla para confesarse. Tiene la suerte de que el sacerdote lo atienda, pues todos saben que el cura se va temprano para su partidita de dominó. “Padre, vengo a confesarme”. “Ave María Purísima”. “Sin pecado concebida”. “Cuéntame tus pecados”. “Padre, me voy de mojado a los Estados Unidos. Quiero ganar más dinero, tener otra vida. Tengo un hijo y una esposa, a los que voy a abandonar. Hace tiempo conocí una señora y nos enamoramos. No hemos dejado de escribirnos, ella ya vive allá, en Houston, y está esperando un hijo mío. Padre, ya me cansé de mi vida aquí, quiero empezar otra”.

Y que se va…

A unos metros del Río Bravo, frenó y se estacionó el trailer. El pollero abre la caja y 40 personas (deshidratadas, sudorosas y tensas) bajan con la ilusión de haber llegado, pero no. “Órale, ya están en el Río Bravo. Ahora tienen que arreglárselas para cruzar. Tengan cuidado de la patrulla fronteriza”. Ni siquiera se escucharon reclamos, el chofer les apuntaba con una pistola tipo escuadra.

Y ahí van juntas las 40 ilusiones en forma de mojados. Corrían en los alrededores del Bravo, escondiéndose de la ley, incluso de los Cazailegales. A lo lejos escuchan el motor de una troca federal. Los cacharon. Comenzaron a correr a todos lados, se dispersaron. Gritos y llantos. Altavoces: «más vale que se entreguen». Sonaron los  balazos, de este lado y del otro. El Bravo empezó a teñirse…

Con la televisión encendida…

Ha terminado el partido. Chivas le ganó 3-0 al Atlas, el clásico tapatío. José está feliz de que sus Chivas ganen, pero triste de no estar en el estadio. “Mamá, ¿cuándo volverá papá para llevarme al estadio?”. Teresa planchaba y con una sonrisa le responde “muy pronto hijo, muy pronto”.

Se apaga la televisión…

Tras apagar la televisión, José y Teresa de disponen a cenar. Bien hizo José, porque de inmediato vinieron las noticias. Balacera y masacre en el Río Bravo. La Secretaría de Relaciones Exteriores pide a EU explicación sobre los disparos que realizaron federales estadounidenses a territorio mexicano. José tomaba su chocolate caliente y Teresa le acaricia la cabeza. “Ya sé, vamos tú y yo solos al próximo partido de las Chivas”. “Sí mamá. Oye mami, pero mi papá se llevó las playeras de las Chivas”.

En el Río Bravo…

Autoridades gubernamentales, policías, medios de comunicación, peritos y paramédicos rodean el lugar. Se realizan las pruebas de balística, se recogen los cadáveres, funcionarios entrevistados diciendo mentiras. Unos metros adelante flota una playera perforada con tres tiros… flota la playera de Chivas en el silencio del Río Bravo.

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