Relato de magia y fútbol

Y limpió los muebles. Y trapeó los pisos. Llegó la hora de la salida, pero no para ella, no para Teresa. Volvió a limpiar los muebles, volvió a trapear el piso, se cansó un poco más. Ahora sí, le tocaba salir: había cumplido con las horas extra. Guardó la escoba y todo su equipo de limpieza en la bodega; se sentía cansada, ya llevaba un mes doblando turnos. Se quitó el uniforme, se vistió y de su suéter sacó un monedero, lo abrió: hizo una mueca ligera al ver que no tenía muchos billetes.

Salió de la clínica y se paró en un teléfono de monedas. “Mamá, recuerda dejarlo bien dormido antes de que llegue”. Con una sonrisa emprendió camino a la Alameda. Al llegar no sabía por dónde comenzar, más bien, sentía una ligera tristeza de recorrer todos los puestos y no poderle comprar a Julián más juguetes de lo que su monedero le permitía.

Abundaban Reyes. Camellos y elefantes en la ciudad. A pesar de la crisis y la pobreza que enfrentaban muchos monarcas había magia. Teresa recorrió los puestos y aguantó el duelo de palabras “lléveselo” vs. “no me alcanza”. “Aquí tenemos este otro” vs. “es que es niño”. Después de buscar y buscar encontró el balón que los Reyes Magos habrían de llevar a Oscar, el hijo de Teresa. Estampado con el logo de Cruz Azul y con firmas mal copiadas, Melchor, Gaspar ¿o Baltazar? llevaba el esférico entre sus manos.

Llegó Teresa a la casa y su madre, Doña Aurelia, la esperaba con un abrazo. “Ay hija, ya está bien dormido”. “Que bueno mamá, ya llegarán los Reyes Magos… con muy pocas cosas”. Y llegaron los monarcas con su balón de Cruz Azul y un traje pirata del equipo: los primeros dos artículos de diez que Oscar les pidió en su carta. No hubo más peticiones concedidas, sólo su balón.

 A la mañana siguiente…

“¡Mamá, mamá, sí vinieron los Reyes Magos!”, gritaba Oscar emocionado. Cansada, pero feliz de ver así a su hijo, Teresa se levantó y sorpresa se llevó al ver que Oscar no sólo portaba el uniforme de su equipo, sino que ¡era el uniforme original! También había un balón, un par de tacos, banderines, pósters y alguno que otro juguete que hace feliz a un niño de 6 años. ¿Magia?

Ni tardo ni perezoso Oscar salió a armar la cascarita con los cuates del barrio. ¡Azul, azul, azul!, gritaban los chamacos. Doña Aurelia y Teresa no daban crédito a lo que había pasado. “Mamá, ¿cómo llegó todo eso? yo no lo hubiera podido pagar”, extrañada decía Teresa. “Ay hija, no lo sé. Hasta miedo me da”, respondía asustada Doña Aurelia.

Y en el viejo baúl…

Oculta en esa caja de los recuerdos, la fotografía de Pedro, papá de Oscar y fallecido hacía 4 años durante un accidente en la construcción, sonreía. Brillaba una cruz azul en el interior del baúl.

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