Gol de Sabah, gol de México

Sí importó el gol de Davies. Los dejó callados a todos, a los jugadores, a los mexicanos, al estadio; a todos.  Efraín Juárez corre por la banda derecha y sigue pensando en el tanto de los Estados Unidos. Tiene el balón en los pies, tiene a dos rivales enfrente, tiene el sol en contra, el cansancio, tiene mucho calor.

Que si la altura le dañará, le está dañando o le dañó a sus rivales. Que si la mentalidad gringa, que si el Azteca a favor, que si la presión en contra. Efraín deja de pensar eso, pone seria la cara y se anima, cambia de ritmo, acelera.

Deja en el camino a un defensor que no identifica, pero siente a Donovan cerca. Landon y Juárez han luchado minuto a minuto en un ida y vuelta que aparentemente ha ganado el lateral mexicano. Sigue corriendo, con el balón pegado a los pies. Sigue con su velocidad hecha de coraje, ambición y lucha.

El sol de la Ciudad de México le dice al diez de Estados Unidos que no va a poder alcanzar al mexicano. No le hace caso, sigue al lado del verde, empieza a verle el hombro. El duelo de piernas llega a un punto crítico:  la línea final, la raya blanca que divide los 110×90.

Los aficionados que están detrás del arco de Tim Howard se levantan. Unos boquiabiertos, otros con los ojos desbordados. Allá una pareja que se besa, acá un tipo que deja a su novia sentada, ahí una tipa que deja a su novio hablando. Efraín, camiseta dieciséis, hace un último esfuerzo, el más grande.

Su barrida en pos de contactar al balón surte efecto, antes de que Landon Donovan le quite la oportunidad, ese último suspiro. El balón rebasa al delantero norteamericano, pero se encuentra en el camino a otro enemigo.  Bocanegra, el capitán se lanza, cual guerrero, a evitar el centro.

La Diagonal de la Muerte desacomoda la línea perfectamente establecida de defensores. Los coloca en diferentes posiciones. Tras la corrida de Juárez, los centrales pierden marcas, se olvidan de sus funciones y se olvidan del rival. Buscan la pelota, buscan despejar y continuar.

Efectivamente la bola golpea ligeramente al zaguero estadounidense. Se eleva, hace una comba extraña que, cayendo, logra ver Efraín. Baja el esférico, y antes de rebotar en el suelo, o más bien al mismo tiempo de que toca el césped, un botín lo toma con prestancia, como acariciándolo.

Incómodo, Miguel Sabah (dicen algunos que presumen saber ante los micrófonos que él es el hombre sin miedo) recibe el trazo y sabe que tiene que decidir pronto. Lo acechan rivales, el balón quedó detrás de él.

Los aficionados, ahora en suma con el estadio entero, permanecen de pie, otros en el aire, con el grito en suspenso. Howard está viendo a Sabah, está esperando con los brazos sueltos, con las piernas abiertas en compás. Miguel le pega a la pelota, y cierra los ojos. Le da fuertemente con el empeine, y con el orgullo de su país, de su familia y propio. Con el futuro en sus botines, cabeza y cerebro, con el apoyo de sus compañeros y el respaldo del Vasco. Le pega seco y dirigido hacia el centro. Dispara tan seco, que la mano de Howard no alcanza al balón. Patea tan seco, que todo el estadio reacciona y grita en conjunto el gol.

Efraín ya está levantado y corre hacia el banderín de córner. Sabah abre los ojos tras los miles de gritos al unísono y corre a la esquina. Se lanza de rodillas, con los brazos abiertos y cae lastimando el pasto, trabándolo con su pierna. La tierra aparece, tras el pedazo de grama que sale volando. Tendido en el suelo, Sabah recibe el abrazo de todos, Vela, Giovani, Castillo, Castro, Juárez. La gente abraza a Sabah, la afición abraza a la Selección y México se abraza a la esperanza de otra Copa Mundial.

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