Nosotros no hacemos soccer, nosotros hacemos fútbol

Llevamos meses con el tema del México-E.U., discutiendo sobre si ya son mejores ellos, si están cada vez más cerca de trascender en una Copa del Mundo, que si el gigante de la zona o que si el fútbol mexicano está atascado.

Muchos temas, algunos difíciles. Necesitaríamos revisar muchos detalles, desde lo social hasta lo económico. Además hay algunos menos tangibles, como la dichosa mentalidad, que nadie sabe bien qué es pero todos acuden a ella para explicar fracasos mexicanos.

No, yo soy mucho más simple que eso. En el fútbol hay poca lógica. Países considerados potencia económica, como Canadá, Japón, Finlandia, Australia o Estados Unidos, ni aparecen en el mapa futbolístico. Es más, son la comidilla de naciones mucho más pobres, o con zonas muy marginadas, como Brasil, Argentina, Camerún, Uruguay o Serbia, de donde han surgido figuras mundiales. Con esto quiero decir que al balón no le interesa si tienes estudios académicos, si terminaste la secundaria, si desde la infancia te entrenaste en gimnasios altamente acondicionados o si te formaste jugando descalzo en la arena. Al final, los mejores son los que saben tratar bien a la pelota y los que juegan tal como su propia alegría les indica.

Digamos que México sale más o menos bien parado en cuanto a la primera, porque en general el futbolista mexicano tiene simpatía por el balón y por su buen trato. En la segunda sí tenemos carencias, nunca se ha terminado de construir la identidad mexicana (en fútbol, claro), o cuando menos, se interrumpe con intentos tan ajenos a lo propio como lo fue Eriksson.

Estados Unidos, en cambio, ha definido muy bien la segunda. Saben a qué juegan, están convencidos que su juego identifica lo que son y todo lo deciden para continuar lo que ya tienen entendido. El problema gringo aparece cuando tienen que darle sentido al balón. Sin caer en aquello de que son troncos y torpes, porque cierto es que son jugadores fuertes y con condiciones para competir con el que sea, es difícil imaginarlos asumiendo la responsabilidad de los partidos, priorizando la posesión del balón y poniéndole chispa a los juegos empantanados por las duras estrategias de los técnicos. Eso nunca lo han podido resolver y siguen sin saber cómo.

El deporte norteamericano, el más desarrollado del mundo, ha llegado a ese punto porque su cultura los obliga a calcular todo, a medir todo. Michael Phelps es el ejemplo total. Se construye un hombre para ganar. De entre miles de niños había que encontrar al de mayor desarrollo muscular, quien tuviera mayor longitud de brazos y pies, y que contara con las mejores condiciones respiratorias para su disciplina. Se le alimenta no como atleta, sino como máquina ganadora de medallas. Afortunadamente el fútbol no tiene nada qué ver con la natación. Acá tuvimos un Garrincha que fue el mejor del mundo con una pierna más corta que la otra, o un Maradona, que necesitó sólo de 166 centímetros de altura para ser tal vez el mejor jugador que se paró en alguna cancha. El pragmático deporte americano sospecha del talento y procura el músculo, que por cierto, sí es medible.

De la actual Selección de Bob Bradley nos venden que son fuertes, altos, rápidos, jóvenes, con mentalidad ganadora y con experiencia internacional. Y sí, es todo verdad. El equipo norteamericano planea a la perfección detalles de táctica, estrategia, acondicionamiento físico, estudio del rival y jugadas prefabricadas. Los problemas aparecen cuando Cuauhtémoc Blanco, un jugador de 37 años, en lógica decadencia física y con una figura que jamás le hubiera permitido ser futbolista en Estados Unidos, toma la pelota y se convierte en el mejor jugador del campo. ¿Qué lógica encuentran en esto? La simple dictadura del talento.

Hoy, en E.U., el soccer está cobrando mayor relevancia. Son millones de jóvenes los que desprecian los cascos, las hombreras y los bates en favor del balón de fútbol. Todos ellos alternan su carrera futbolística con estudios académicos, y tienen a su disposición complejos deportivos con todas las comodidades y la tecnología más avanzada. Sin embargo, el fútbol no se rige como otros deportes.

Entonces, ¿puede surgir un Maradona de una glamurosa universidad americana? ¿O justamente su crianza entre la miseria de Villa Fiorito es parte de lo que fue como jugador? Yo respondería no y sí respectivamente. ¿Qué tanto de Tepito hay en el juego de Cuauhtémoc Blanco? Me parece que su forma de tratar el balón es un mapa exacto del barrio de la infancia. Si a Ronaldinho lo hubieran arrancado de las favelas para llevarlo a los lujosos campus y campos norteamericanos, ¿transmitiría la misma alegría en su juego? Me cuesta creerlo.

El fútbol es bello por primitivo, y eso no se ve en el estilo norteamericano, que deja poco al ingenio y la espontaneidad. Mientras no lo tengan, ¡y miren que quizá nunca lo consigan! México seguirá siendo más que ellos en fútbol. La ciencia, el físico y la táctica importan, sí, pero nunca más que el talento.

México atraviesa por una seria crisis futbolera, pero a pesar de todo, sus futbolistas siguen teniendo ese «algo» que sólo se forma en la calle, en el llano. No tenemos figuras mundiales, ni una amplia baraja de grandes futbolistas como los hay en Brasil, Argentina o Uruguay, pero en tanto mexicanos y americanos sigan trabajando a su estilo en la formación de jugadores, el fútbol mexicano seguirá por arriba.

Cuauhtémoc Blanco pronto no estará más, pero algo de él queda en Giovani, Guardado, Vela o Castillo, así que México puede estar medianamente tranquilo para los próximos años. Fácil nunca será, como ya no lo es, pero ahí sigue la ventaja mexicana sobre los vecinos. Habrá que preocuparnos cuando veamos un jovencito tipo Messi o Romário cantando el himno norteamericano. Mientras no suceda, podemos olvidar la discusión de quién es mejor independientemente de los resultados, los cuales por cierto han sido favorables en los dos recientes partidos. A final de cuentas y pesar de todo, nosotros no hacemos soccer, nosotros hacemos fútbol.

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