¡Eu sou o Rei Pelé!

Sentado, al lado del puesto de periódicos, pierde el tiempo. Se rasca la barba, se quita la gorra, saluda, grita. Ve a las personas pasar, las acompaña un par de cuadras. Ellos lo conocen, le celebran algunas actitudes. Los más distraídos se cambian de banqueta y huyen.

El Rey sigue caminando, ronda la tiendita. A pesar del calor que no deja ni pensar, lleva puesta su gabardina y debajo, la verdeamarelha desgarrada. Saluda por quinta vez al voceador en portugués, siempre en portugués.

Son las dos de la tarde y se despide. Se va caminando, saludando, gesticulando. Va practicando sus jugadas, recordando los goles, las fallas. Tiene un tumbao al caminar muy característico. Los que son de la colonia ora lo identifican, ora lo saludan. Él sigue hablando cual brasileño. A veces cambia palabras, inventa su idioma, su lengua.

Llega al campo, que está detrás del parque. Lo están esperando. La multitud (unos quince despistados), corea su nombre y El Rey baila, canta. Luego de la excitación colectiva, se quita los pants y muestra sus nuevos shorts. Son de color azul, de secundaria. Al tiempo en que se deshace de los pantalones, aparecen los pies: una calceta roja, en la pierna izquierda, subida hasta la mitad de la espinilla; el otro pie no tiene calceta. Los zapatos: unos tacos rotos Panam del ’94.

El Rey calienta. Se toma la barba, se rasca la cara, se muerde las uñas y habla en su lengua. Una vez le preguntaron el origen del dialecto, pero les respondió en francés.  De niño aprendió, además del español, a hablar inglés, portugués y francés. Todos a la perfección.

Antes de que se perdiera en el anonimato, El Rey era un intelectual impresionante, que perfilaba para ser un grande. Con la literatura de por medio, con las lenguas como escaparate a la vida cotidiana, se dedicaba al estudio. En la adolescencia ya le daba clases a varios maestros de universidad. Pensaba, todo el tiempo pensaba.

En casa lo trataban con respeto, pero le exigían siempre un paso adelante. A pesar de todo, había una presión extraordinaria.

Todo estalló cuando en casa se supo que jugaba fútbol. Lo sucio de los pantalones de vestir.  El sucio de los labios, el sudor que lo delataba, los retrasos para comer en familia. Por supuesto lo reprimieron, lo aislaron con los libros y un buen día, como Don Quijote, se perdió.

Creó un idioma nuevo, imaginó lo impensable y se fue a luchar contra los molinos de viento en la cancha que se le pusiera enfrente. Al principio regresaba cada tanto a la casa. Comía, se bañaba, dormía. Poco a poco dejó de visitar a su familia y la calle lo acogió.

Trabajó como basurero. Fue ahí donde recogió una playera de Brasil, algo maltratada, un poco quemada, después de la final del ’98. Cuando se puso la casaca, creó un personaje, se despidió de sí mismo y se convirtió en El Rey.

Comienza el juego. El Rey está distraído, corre para todos lados, menos hacia el balón. Patea las plantas, se ríe a carcajadas, se agacha y se sienta. El balón pasa a su lado. “Venga Rey, vamos”, le dicen sus compas. “Eu vinei do Brasil para no México”, les contesta. “Eu sou do Minas Gerais”, grita. Se rasca la barba y se para, se acomoda la calzoneta.

De repente le cae el balón al pie sin calceta. La multitud aprieta la quijada. Él controla y perfila el ataque. En su idioma narra la jugada mientras conduce. Se quita a dos rivales, tres, cuatro, ¡increíble! Hace un pase que resulta una pared y el trazo lo deja frente al portero. Deja pasar el balón por entre sus piernas y finta al arquero, que se cae y queda de piernas abiertas, sentado, y mira la jugada. El Rey corre hacia el balón, lo presiona un poco el defensa rival pero tiene suficiente tiempo para hacer el gol que no fue del verdadero Pelé. Llega antes y dispara. Portería desnuda. Gol.

Los quince despistados corren como locos. Celebran, se abrazan, abrazan al Rey, lo levantan y dan una vuelta olímpica. Todos lo acompañan: rivales, compañeros, vecinos, los quince, algunos perros, el voceador, la tortillera. Gritan y corean “¡Rey, Rey, Rey!”.

El Rey ve todo en cámara lenta, escucha el clamor, los aplausos. Se talla un ojo y levanta los brazos. Está llorando de felicidad. Está hablando en su idioma, lo combina con francés, con inglés, con ruso. Al final, cuando terminan la vuelta, grita: “¡Eu sou o Rei Pelé!”.

Se apacigua la algarabía. Lo bajan y se despiden. La reta sigue pero El Rey ya se va. Camina y se aleja, se va perdiendo con la oscuridad. Camina lento, disparejo, arrítmico. Camina, cojea y brinca. A lo lejos, de entre la nada, se escucha en un perfecto castellano, como un suspiro: “Yo soy el Rey Pelé”.

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