Relato del fútbol y una final

El momento era decisivo. América y Guadalajara disputaban la gran final. El partido de ida terminó 0-0 en el Jalisco. La vuelta seguía con el mismo marcador, hasta que el árbitro marcó penalti a favor de las Águilas. Minuto 90. Polo Martínez y Apolinar Sánchez tenían la gloria en su poder: uno anotando el gol, el otro deteniendo el tiro. Martínez soñó con ese momento y sabía que era la mejor manera de callarle la boca a su padre, que siempre consideró el fútbol como un deporte de fracasados. Sánchez estaba decidido parar el disparo como un acto de curación para que el coraje que traía: recién se había divorciado.

En la tribuna la situación no era menos complicada. El Teteras apostó los ahorros a favor del América, aún sabiendo que el dinero era para liquidar la hipoteca de su casa. Don Jaime vino desde Zapopan para apoyar a sus Chivas, quizá el último momento de esplendor en su vida: se aproximaba la fecha fatal: estaba desahuciado y su familia no lo sabía. Josefina era un manojo de nervios, ya que si América ganaba con toda confianza le diría a Camilo que estaba embarazada y no pondría inconveniente al crío, pero si ganaba el Guadalajara la relación se terminaría y el bebé…

En casas y departamentos del país. Carolina rezaba a todos los santos para que Polo fallara el penalti; seguía sin perdonarlo de haberla cambiado por un balón. Don Pancho estaba tranquilo, sabía que Apolinar había logrado mucho con llegar a ser el portero titular del Rebaño, nada que ver cuando era un chamaco y se drogaba con cemento. El Padre Gaytán no se inmutaba de saber que los feligreses se le irían encima, ¡miren que dejar plantados a los chamacos que harían la primera comunión por culpa del América!

En la cancha también afloraban las emociones. Tirzo Ruiz, defensa central emplumado, esperaba a que el balón entrara a la portería para ir a cantar el gol en la cara de Edmundo Zavala, eterno lateral suplente chiva, que le bajó la chava a Ruiz. Joaquín Galindo, técnico del Guadalajara, ya no quería perder otra final, llevaba cinco y estaba harto de ser la comidilla de los medios y del fútbol nacional. Mauro Molina, abanderado, rogaba en silencio que Polo no fallara: su sueño frustrado era ser delantero del América.

En el ambiente político, Ni tardos ni perezosos, secretarios de Estado, gobernadores legisladores y presidentes de los partidos movilizaron leyes, precios y la Constitución a su antojo. Todavía no se cobraba el pénalti y ya habían aumentado de precio la tortilla, el gas, la luz, el agua. Se aprobaron partidas presupuestales que beneficiaban a los funcionarios con más bonos y seguros. Eliminaron las materias de matemáticas, español y química de los libros de texto. Recortaron el presupuesto para la cultura y las artes. Vaya, hasta aprobaron un impuesto contra todos aquellos que respiraran en áreas federales y dijeran malas palabras en el interior de sus hogares.

Vino el tiro y Martínez anotó. Gol del América. El Estadio Azteca era una locura. Banderas amarillas y azules se agitaban en el Coloso… pero de repente… ¿qué pasó? El árbitro repite el pénalti, algunos jugadores entraron al área antes del silbatazo, según le dijo el otro abanderado. Ahí viene Martínez de nuevo. Tiro… chale, ya pónganle el final ustedes. ¿Cómo concluirían esta historia?

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