El Mundial del abuelo

Fue el año de 1994. Los noventas entraban de lleno a una sociedad mundial que estaba próxima a despedirse de todo un siglo, cien años de cambios, revoluciones, guerras y mediatización. Al inicio de la década noventera, el comunismo había dado su último suspiro en Europa y trataba de sobrevivir (por la vía del socialismo) en países como Cuba, Vietnam, Congo o China.

En México, el ’94 estaba en boca de todos. Desde su inicio, hasta su final. El Tratado de Libre Comercio entró en vigor el 1° de enero de aquél año, mismo día en que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional madrugaba en San Cristóbal de Las Casas y se alzaba buscando derechos, clamando  justicia, batiendo las hojas de los machetes del campo, hasta el momento reducido al anonimato.

Eran las vacaciones de verano. El abuelo estaba enfermo y su cama estaba en la sala. En la casa se vivía una incertidumbre extraña: a pesar de que se tenía que respirar soportando el nudo en la garganta, de que casi no se tocara el tema y de que se tenía que ser débil a escondidas, la unión y el amor, rondaban seguido en el ambiente

Los nietos, mientras tanto, se mantenían en la sala junto al abuelo. Corrían, jugaban, veían programas, y procuraban estar cerca de su abuelo. Los padres dejaban a sus hijos ahí. El abuelo les apretaba los cachetes a los nietos, se los dejaba rojos. Les ponía nombres horripilantes, los quería demasiado.

Contando historias y jugando se fue pasando el verano. Una de las mamás, había comprado unos uniformes de fútbol en Gigante. Eran para los dos nietos (hermano y hermana) que se la pasaban viendo juegos del Mundial de Romário y Bebeto, de Baggio, Escobar, Valderrama, Stoichkov, Taffarel y compañía. El mundial de Campos.

Era precisamente la fiebre del Brodi la que los animaba a jugar en el parque. Antes los acompañaba el abuelo, pero ahora iban con algún padre o madre animoso. Se creían Bebeto o Romário. Se imaginaban levantando la copa. En la sala de la casa, el abuelo sentía que estaba en el parque, se trasladaba para gritar los goles de ausencia.

Un día, con los uniformes sucios, se subieron a la cama, se acostaron al lado de su abuelo. Los demás nietos junto a sus padres estaban sentados. Unos gritaban, otros platicaban en el comedor. Era el 17 de julio. La televisión reproducía imágenes desde el Rose Bowl de Los Ángeles, California. Para unos, jugaban azules contra amarillos. Otros menos distraídos gritaban: “¡Brasil, Brasil!”. Sólo un nieto apoyaba a Italia. A pesar de que Bebeto era su máximo, Italia le llamaba la atención.

Sentido por las burlas y porque nadie podía creer que le fuera a Italia, se abrazaba al abuelo. El partido en sí no importó mucho. No se hacían tanto daño brasileños e italianos. Todo daba pie a que se platicara más fuerte en la casa de lo que Bermúdez gritaba y gritaba.

Luego de los tiempos extras, llegaron los penales. Muchos en la sala ya ni siquiera prestaban atención, y cuando aparecieron los cinco disparos determinantes, regresaron a gritar, vitorear y apoyar. A comerse las uñas

Roberto Baggio la voló. En la sala de la casa lo alzaron en hombros. El que le iba a Italia se enojó de por vida con el 10 azzurri. Re-idolatró a Bebeto, se unió al festejo, se abrazó al abuelo, festejó con la hermana que también vestía a México y que también estaba prendida del padre de su padre.

Con el fin del Mundial, el verano aceleró su salida triunfal. La sala volvió a estar semivacía, pero los recuerdos del mes de partidos, cual pretexto de comunión familiar, se mantuvieron para la eternidad.

El año de 1994 desembocó trepidante, como había empezado: el 25 de diciembre, de nuevo en vacaciones familiares, de nuevo todos juntos, de nuevo los nietos jugando y los padres conversando, se despidió el abuelo… dejó la cama vacía.

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