Relato de una guitarra pambolera

Con su guitarra llegó Artemio, El Cantador, al Café Las Tristezas.  Se sentó en la mesa de siempre, en la que compuso más de 100 canciones inspiradas en amores, desamores, penas, vagabundos y pobreza. Pidió su acostumbrado café americano. Su rostro dejaba ver la depresión que se cargaba: lo había abandonado su novia después de vivir siete años juntos. Levantaba su mirada y se entristecía más al contemplar todo vacío, situación que le parecía extraña, pues no había día en que el lugar no estuviera estaba abarrotado de bohemios, trabajadores, parejas y uno que otro turista.

De un viejo morral -herencia de un amigo muerto durante el combate al crimen- sacó pluma y cuaderno. A la vieja usanza, ajeno de la tecnología ciberespacial, se dispuso a intentar escribir una nueva canción. Nomás no pudo. Más allá de la tristeza por la ruptura sentimental, sentía que algo más profundo carcomía su ser. Aventó el bolígrafo debajo de la mesa y se meció los cabellos.

Deshecho y sin inspiración, bebió el café como si se tratara de una cerveza. En la barra, el dueño del lugar no se inmutaba por las actitudes del cantador; también estaba alicaído. A diferencia de Artemio, el dueño de Las Tristezas si sabía el motivo de su propia amargura. En la calle carros iban y venías, algunas personas apenas y se asomaban al café, pero al verlo vacío optaban por no entrar.

Artemio cogió la guitarra y empezó a tocar un par de acordes. Ese sonido lento y lúgubre retumbó violentamente en los oídos del dueño, que enojado se dirigió al Cantador y le pidió que por respeto dejara de tocar su “guitarrita”. Sereno, Artemio le explicó que no podía hacerlo, que necesitaba manifestar el dolor que traía. Más calmado, el dueño se sentó frente a él y le confesó que también sufría.

“No sé si sepas que el barrio está de luto. No, no se murió nadie, pero casi. Tú siempre estás con tu guitarra y le cantas al amor, al desamor y a todas esas fregaderas, pero no ves más allá. Aquí nací y crecí, ¿entiendes? Conozco todo, absolutamente todo sobre el barrio y su gente. Ya sé que tú también naciste aquí, pero eres como un bastardo, como un hijo adoptado, que parece alejarse de la sangre del pueblo. Hoy perdió el club, el equipo, la institución y la afición. Y duele hasta el alma. Eso no ocurría desde hace 30 años. Escucha bien ¡30 años!”.

Después de escuchar al dueño, Artemio pagó su café y enojado se salió de Las Tristezas. Caminó apenas dos calles y se topó con un par de niños llorando frente a un balón. Artemio sintió un impulso y corrió hacia el balón para patearlo. Gritó la palabra gol como loco, unas 80 veces aproximadamente. Creyó haber desahogado el abandono de su ahora ex novia, pero no fue así: seguía triste. Miró al cielo y un pedazo de bandera volaba por la ciudad. Era un trozo de tela color verde, con ondeantes hilos blancos deshilachados. Artemio comenzó a llorar, que digo llorar, a berrear como un infante. Maldijo al fútbol, maldijo al cielo. Abrazado por los dos niños, lloró más y más. Pasados unos segundos, aventó a los niños y cogió su guitarra.

Un niño le dice al otro: mira, ahí va el loco Artemio, El Cantador, que hoy descubrió ser aficionado del Santos Laguna…

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