Goles en Central Park

Estaba defraudado por no haber podido entrar al juego de los Yankees. Todo preparado, cámara en mano, dinero para la ocasión, bloqueador solar. El partido en sí, no importaba. Yo le voy a Boston, pero si vas a Nueva York, tienes que ir al Yankee Stadium.

Al llegar me batearon. “El único boleto que tengo, individual, es de 150 dólares”. Sí, debo confesar que lo pensé, pero no. Mi presupuesto abarcaba los 14 dólares que cuesta estar en la parte general, y ya si no era posible ahí, pues unos 20… hasta 25 dólares. En fin, me sacaron del parque.

De regreso al departamento de mi amigo, pasé a Central Park; nada más a dar una vuelta. Conforme caminaba, rodeando el lago, escalando colinillas y driblando ciclistas, y me adentraba en el bosque artificial, los campos de béisbol me llamaban cada vez más la atención. Ligas de diferentes edades, hombres y mujeres se disputaban el bate, umpires bromeaban con entrenadores.

Por allá estaba un niño en home, bateando. Su padre en el montículo le gritaba cuando el pequeño no le pegaba a la bola. El hermanito (unos tres años menor), corría por todas las pelotas que conectaba el niño. Me quedé un rato viendo, observando cómo el padre lo preparaba, exigente, sí, pero formándolo.

La tarde entraba sutilmente al Central Park. Decidí entonces apurar el paso y continué mi camino. Ahora pensaba en cruzar de norte a sur el parque. Hubo un momento en que había más canchas de béisbol, más equipos practicando.

Los huecos verdes, donde el deporte no era el máximo protagonista, dejaban imágenes para el recuerdo.  La familia recostada, viendo cómo sus hijos juegan con el pasto; los vendedores de hot dogs de a dólar; el conciertillo de jazz de los anónimos.

De pronto un “pásala güey” me distrajo. “No mames, tírale, tírale”, “Ahora sí te la pelaste, inchi chairo”. Un grupo de personas jugando fútbol. La reta, cascarita o como quieran llamarle, en medio de los árboles. Sabor latinoamericano, sabor a México.  Dentro del pelotón que corría detrás del balón, un par de güeros, canches o blanquitos, o como quieran llamarles.

La tenía un cuate con la playera de las Chivas. Corre por la banda, burla a sus rivales, mete centro… y un buen cabezazo bate al arquero, un panzón que portaba la casaca de los NY Red Bulls.  De momento la tomó el gringo, se quitó del camino a los enemigos y le pegó a la pelota, cual vaselina. El arquero (el del lado contrario al primero), con todo y su playera de los Tigres cae abatido. Tamaño golazo el que clavó el norteamericano. Los mexicanos comenzaron a gritar: “No mames, fue muy alto, no fue gol… chaaale”; a lo que el goleador contestó: “No cierto, ser golazou, io los jodiste”.

La pequeña revuelta no pasó a mayores. Siguieron jugando, anotando  goles unos y otros.  Antes de que cayera la noche, el gringo les pidió el balón: “OK, it’s enough… ia mi tingo qui ier, so, dame pleota, dame mis pleota”.  A regañadientes, el de las Chivas le devolvió el balón.

Seguí caminando, algo perplejo. Llegué al final del lado sur del Central Park. Contento tomé el metro y llegué al departamento de mi cuate. Había visto a los yanquis en acción.

FacebookTwitterWhatsAppEmail

Comentarios

Your email address will not be published. Required fields are marked *