A propósito…

Durante la madrugada del pasado 28 de junio, fuerzas armadas hondureñas irrumpieron la residencia presidencial y detuvieron al Presidente Manuel Zelaya Rosales, a quien trasladaron a la base de la Fuerza Aérea al sur de Tegucigalpa para de ahí transportarlo a Costa Rica a un exilio obligado.

Ya con la ausencia del presidente, la Constitución dicta que el cargo lo debe asumir provisionalmente el Presidente del Congreso Nacional, en este caso Roberto Micheletti, quien así lo hizo entre protestas y reclamos.

Las horas siguientes fueron de pura incertidumbre, empezando por un toque de queda y continuando con protestas contra el nuevo gobierno de facto. Se prohibió toda transmisión de cualquier cadena internacional desde territorio hondureño, hubo periodistas detenidos por algunas horas, represión contra los seguidores de Zelaya y hasta cortes en los servicios de luz, teléfono e internet.

Verdad hay una sola, pero concedo que sobre este mismo evento hay dos posturas confrontadas que difícilmente van a coincidir. Según Micheletti, su gobierno, la mayoría de los medios de comunicación locales y un sector del pueblo hondureño, esto se trató de una sucesión presidencial legítima, respaldada por una orden judicial que contempla la Constitución. En la otra esquina, Zelaya y los suyos, junto con todos los organismos de la comunidad internacional, aseguran que están frente a un golpe de estado con todas sus letras.

La causa de toda esta crisis política tiene origen en una consulta, promovida por Manuel Zelaya, que se llevaría a cabo ese mismo 28 de junio y que buscaba la instalación de una urna extra en las elecciones generales de noviembre próximo, en donde se decidiría sobre la convocatoria a una Asamblea Constituyente.

A partir de ahí tenemos todo tipo de argumentos para justificarse unos y otros. Los opositores de Zelaya alegaron que planeaba presentarse para un nuevo periodo de gobierno, aferrándose al artículo 42 numeral quinto de la Constitución de Honduras, que dice: La calidad de ciudadano se pierde por incitar, promover o apoyar el continuismo o la reelección del presidente de la República. El hasta hoy presidente depuesto ha apelado a algo con no menos valor que la ley hondureña, el haber sido elegido por la voluntad popular. Además, la misma Constitución que lo mandó al exilio también lo protege. El artículo 102 señala: Ningún hondureño podrá ser expatriado ni entregado a un Estado extranjero. El mismo Coronel Herberth Bayardo Inestroza, abogado principal de las fuerzas armadas del régimen de Micheletti, aceptó su error: “cometimos un delito al sacar a Zelaya, pero había que hacerlo”.

Ya con las dos visiones puestas, les propongo ver más allá de la Constitución y del voto popular que le dio la presidencia a Zelaya. En Honduras, como en casi toda América, incluido (muy especialmente) nuestro México, quienes en la práctica deciden, eligen y gobiernan son las cámaras. No, no las legislativas, sino de la televisión.

Los grandes medios, las grandes empresas, las oligarquías de nuestros países son quienes, ahí sí, de facto, concentran todos los poderes, todos los privilegios. Entre ellos el fútbol. Son los que eligen gobernantes, los que destituyen a los legítimamente elegidos, quienes se apoderan de equipos y quienes secuestran hasta a las selecciones nacionales (¿Por qué pensaron en Televisa?). Sus decisiones, según ellos, siempre son pensando en el bien colectivo. La realidad es que sus intereses poca relación tienen con los nuestros. Por todo esto, cualquier hecho que vaya contra los intereses populares debe ser repudiado, así como lo es el ahora llamado “primer golpe de estado del siglo XXI en América Latina” (¿O sea que habrá más?).

A propósito del juego contra los amigos hondureños, bien valdría la reflexión sobre el repudio a los golpistas del fútbol, de los sueños y las ilusiones. El juego es todo eso y de a poco nos ha sido arrebatado. Hoy ya no hablamos de chilenas y caños, sino de traspasos millonarios, grandes patrocinios, así como de potentados dueños y presidentes de clubes que tienen más poder que muchos presidentes de naciones (¿por qué pensaron en Los Pinos?).

Si esto sigue así pronto viviremos (si no es que está en curso ya) el golpe de estado definitivo, que el poder y el dinero le arrebaten el fútbol a su único y legítimo dueño: el pueblo.

2 comentarios

  1. Emiliano Castro Sáenz martes 8, septiembre 2009 at 21:04

    Muy buena nota!
    Escalofriante. Honduras es un país que no merece vivir lo que está viviendo. Es la eterna repetición de la violación en América Latina, que data de la conquista. Algunos países se han salvado, han sido más razonables que irracionales.
    Un “así es la vida” no nos funciona en estos casos. Hay que luchar, exigir y siempre ser aliados de la razón.
    Que viva Honduras y que viva México.
    Saludos ese Jairo!

  2. Jairo Martínez martes 8, septiembre 2009 at 22:18

    Pues ni Honduras, ni nosotros, ni nadie. Nosotros no somos de los que nos hemos salvado. Una pena lo que pasa aquí también..
    Sale, gracias y ahí le seguimos…

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