Relato de un zorro no cazado

Tengo miedo de subirme a la camioneta y decirle la verdad a papá. Tiene un carácter fuerte y reacciona violentamente a cualquier comentario que atente contra sus principios, valores y pasiones. Mamá ya lo sabe, ella tiene la culpa y es mi cómplice. Me entendió de maravilla y cree que es conveniente que se lo diga a papá lo más pronto posible para que se vaya acostumbrando. A pesar del miedo, creo que es hoy es buen día para hacerlo, aunque lo pienso, ya que cada vez que vamos de cacería nos mantiene a todos callados para que no pierda la concentración. Somos una especie de maniquíes espectadores que debemos aplaudirle una vez que haya muerto el animal al que ha disparado.

Relato de un zorro no cazadoCada vez que vamos al bosque en esta camioneta, especialmente a cazar, papá pone un disco de José Feliciano para escuchar una y otra vez el tema de la película El Oro de Mackenna. Mamá y yo estamos hartos de escucharlo, tanto que hemos perdido ese disco en tres ocasiones y que sorpresivamente papá lo encuentra pensando que lo olvidó en algún lado. Maneja entusiasmado, cante y cante la canción. Según él, siente que está por vivir una nueva aventura y José Feliciano lo motiva a disfrutar su travesía.

En un ritual poco común, papá baña en tierra la escopeta y después la levanta al cielo para unir la fuerza de la naturaleza y la fuerza celestial, mismas fuerzas a las que les pide la oportunidad de cazar una nueva piel que no tenga en su colección. Mamá y yo no estamos de acuerdo en su ritual, mucho menos en que mate animales. Es imposible tocar el tema con él y mamá contribuye con su carácter sumiso: “era un comentario al aire, mi amor”. “Usted nada más preocúpese de educar bien al niño”. ¡Si supiera cómo lo hizo!

Tan bien me ha educado que tengo miedo de decirle la verdad a mi papá. Y más ahora, que ya hemos caminado más de dos kilómetros y apunta la escopeta hacia un chivo flaco que seguramente se extravió de alguna granja. “A los chivos, jamás”, es el lema de papá. “Son indefensos en comparación con otras especies”, es su argumento. A unos metros del chivo hay un bello y fino zorro descansando sobre una piedra. “Gracias Dios, no tengo la piel de un zorro”.

Está concentrado. Apunta con delicadeza la mira hacia el zorro. Realiza sus ejercicios de respiración. Todo es silencio. A mí me sudan las manos, tiemblo. Me orino del pánico. ¿Cómo decirle que mamá tiene y no en parte la culpa de esta enfermedad? Lleva su dedo índice al gatillo, se mueve lentamente; en forma elegante. El zorro sigue en la piedra. El gatillo se hunde más hacia su parte trasera.

-¡No, papá!, ¡No mates al zorro!, le he gritado mientras le empujo el brazo y la escopeta tiró el balazo a otro punto, sirvió como alarma para que el zorro huyera.

-¡Qué te pasa, escuincle del…!, ¡era mi oportunidad, era un zorro!, colérico reacciona mi papá.

-Tengo que confesarte algo.

-¡Se ha ido el zorro, se ha ido!, dice casi llorando. Más te vale que sea importante, me amenaza.

-Te pedí que no mates al zorro porque ¡soy adicto al Atlas!, se la canto disfrutando mi tono retador.

-¡¿Queeeeeee?!, ¿al Atlas? Te inculqué amor y pasión por las Chivas, jamás por el Atlas.

De repente aparece mamá y con unas agallas que yo no le conocía se planta frente a papá para decirle que ella siempre calló su afición rojinegra y que fue ella la que me enseñó el amor por ese equipo.

-Me carga la…, con más razón mataré a ese zorro, grita mi papá.

-Mejor entierra a tu chivo muerto, mientras yo sigo educando al niño, responde con una sonrisa burlona mi mamá.

La bala que ahuyentó al zorro fue interceptada por el chivo flaco, que seguramente se extravió al salir de una granja.

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10 comentarios

  1. Queta martes 8, septiembre 2009 at 14:55

    Jajajajaj está buenísimo el relato!!!!!
    Yeahh!!

  2. Izrael Intolerante martes 8, septiembre 2009 at 15:12

    no manches casi lloro…. ese chivo flaco no eran los pumas???

  3. Isaura martes 8, septiembre 2009 at 17:10

    jajajaja… concuerdo con Istu, al más puro estilo de Mercado de Lágrimas combinado con La palabra canta, genial analogía.

    Saludos

  4. Miguel Sánchez viernes 11, septiembre 2009 at 20:50

    Yo soy chiva de corazón y, aunque a algunos les parezca incongruente, el Atlas es uno de mis equipos favoritos.
    Yo pensé que el muchacho iba a confesar algo más feo (como su adicción a las drogas o su afición por el América), pero ya ves: el pobre chivo pago el desliz.
    Excelente narración. Sigue así, Elías.

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