Tu historia con el fútbol

Estas viendo cómo juegan esos niños, cómo patean la pelota. No tienen dinero, sus zapatos están destruidos y siguen pateando el balón. Sigues viendo. Siempre te ha gustado sentarte junto a la ventana que da a la calle y ver cómo juegan esos niños.

Te sientes narrador, gritas, vociferas como el Perro Bermúdez, tu ídolo. Es prácticamente todo lo que haces en el día. Esos niños que patean el balón juegan todo el tiempo. Sigues sin moverte, sigues observando cómo rueda el esférico.

Tomas un cuaderno y apuntas los goles. Le pones nombres a los niños, inventas equipos y generas estadísticas. Te imaginas la liguilla. Sonríes. Ves como se acerca tu madre, no le haces caso. Tú sigues pensando en la liga que inventaste.

A veces llegan tus amigos a la casa, les muestras tus apuntes, se burlan, te olvidan pronto. Tú sigues sin darte cuenta y vas y te sientas en la ventana. Tu madre se ofusca, se enoja, los corre. Y te acompaña en la ventana, siempre te acompaña.

Los niños siguen jugando, sus zapatos siguen rotos. Te gusta ver cómo juegan. Alguno de ellos hace una jugada increíble, la celebras, corres por toda la casa como un loco. Abrazas a tu madre, la besas en la frente. No dejas de gritar gol.

No has comido ni dormido. Sigues viendo cómo juegan esos niños. Tu padre llega del trabajo y ni te enteras. Sigues viendo a través de la ventana. Él te pregunta algo, ni te inmutas. Violento, te da una cachetada. Ni te inmutas. Sigues viendo cómo juegan esos niños.

Tu padre se va a dormir con tu madre. Los escuchas discutir, pero tú sigues en la ventana que da a la calle. La luz de la calle es intermitente. Los niños siguen jugando, siguen metiendo goles, siguen haciendo jugadas impensables, siguen con los zapatos rotos.

Comienza a llover. Te pones a llorar. Sigues viendo cómo juegan esos niños y sigues escuchando cómo discuten tus padres. Te levantas. Te quitas los zapatos y te sales a la calle, le das tus zapatos a un niño. No regresas.

Sales corriendo, descalzo, llorando. Dejaste tus apuntes en casa, dejaste a tus padres peleando. No regresas. Nunca vuelves. Tu madre va a la ventana y ve cómo juegan los niños. Se da cuenta de que uno trae tus zapatos. Llega su esposo, la abraza, se perdonan. Tus padres ven tus notas, tus liguillas y tus análisis.

Lloran, te extrañan. Tu madre pega el rostro al vidrio frío, húmedo. Está llorando. Tu padre se sienta a su lado y ve cómo alguno de los niños hace una jugada increíble. Abraza a tu madre, se lamentan, se acompañan.

Cada fin de semana es lo mismo. Desde que te perdieron, hacen la misma rutina. Te sienten en casa. Tu madre está contigo todo el tiempo y te observa y se lamenta; cuando tu padre llega, te da una cachetada. Discuten y al rato se sientan en tu ventana. Se besan. Están pensando en ti. Y siempre están viendo cómo juegan esos niños, cómo patean la pelota.

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