Relato de un potro y un vagabundo

Aquella noche salió de su pocilga el viejo vagabundo –su nombre es Lázaro- para buscar algo de comer. Acompañado de su perro buscó el alimento entre los desperdicios arrojados a los basureros, alcantarillas e incluso en las banquetas. Lo único que encontró fue un pequeño filete a medio coser, mismo que partió en dos para compartirlo con el can. De regreso a lo que él consideraba su hogar sucedió el hecho que le cambió la vida.

Huyendo de un par de aficionados asturianos, enardecidos por los dos goles que les metió, Horacio Casarín corría a toda velocidad y cruzó con Lázaro. Casarín se quitó su playera del Atlante, dándosela al vagabundo y pidiéndole que se le guardara. Volveré por ella cuando sea un jugador famoso / ¿quién es usted o qué? / Horacio Casarín. Quédate la playera, tengo que huir, esos asturianos me quieren matar / También a usted se le ocurre pasearse en el barrio equivocado. Oiga, ¿Y si no se vuelve famoso? / La vendes. Casarín corrió y corrió, Lázaro guardó la playera y mintió a los asturianos sobre el rumbo que tomó el atlantista.

Con el hambre a cuestas y viendo al perro flaco, Lázaro cogió la playera dispuesto a venderla. Reflexionó un momento: si se vuelve famoso, costará más. Mejor nos aguantamos, además ni tiene nombre. Como si se tratara de una ligera esperanza de vida, Lázaro guardó la playera en un hoyo improvisado de tierra debajo del catre. El vagabundo y el perro se fueron a recorrer las aceras del Centro Histórico para ver si encontraban algo de comer. Vaya que les fue bien: encontraron de todo, incluso una chica que había sido plantada por el novio les regaló una bolsa de churros que compró para dominar el coraje.

Pasaron los años y Lázaro ya se había desentendido de la playera, peor aún, se había desentendido de la vida. Previo a una navidad, su perro quedó impactado por la belleza de una perra. El can dispuesto a conquistarla y cambiar de vida echó a andar las patas, pero no se fijó en el tráiler que cruzó por la avenida. Tal fue la desconsolación de Lázaro que hasta dejó de leer los periódicos, mismos que recogía cada vez que los tiraban afuera de la delegación.

Enfermo de gripe y cansado por la edad, el vagabundo tomó la decisión de morir tranquilamente en su casa. Si bien no quería suicidarse, quería dejarse morir. Justo cuando iba a preparar su último café, escuchó que tocaban a la lámina oxidada que fungía como puerta. Al abrir, Lázaro se topa con un anciano sonriente, elegante y con un periódico en la mano. ¿Puedo pasar? / ¿Quién es usted? ¿Qué quiere? (Lázaro pensó para sus adentros: ya no se puede morir uno tranquilo) / ¿No me recuerdas? soy Horacio, Horacio Casarín.

Lázaro ya no se dejaría morir, del susto casi le da el infarto. Por supuesto lo invitó a pasar y le ofreció café. Charlaron casi toda la noche sobre lo que había sido de Casarín. Cumplió su promesa y se convirtió en un jugador famoso, en una leyenda. El vagabundo le dijo que aún conservaba la playera, le confesó su sufrimiento tras la muerte del perro. Dos ancianos que intercambiaron sus experiencias de vida.

Casarín al ver que Lázaro estaba enfermo lo incitó a que vendiera la playera. Con lo que te paguen compras medicinas y te vas a cenar como nunca lo has hecho. Casarín se despidió del vagabundo con fuerte abrazo, dejando el periódico en la mesa. Lázaro corrió a desenterrar la playera y para su sorpresa ya tenía nombre: H. Casarín. Sorprendido y extrañado estaba por salir de la pocilga, cuando un ligero viento hojeó el periódico. Lázaro volteó y al ver la cabeza de la ocho columnas apretó fuertemente la playera hacia su pecho.

Adiós a la leyenda, muere Horacio Casarín.

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8 comentarios

  1. michell miércoles 9, septiembre 2009 at 13:16

    que fueeeeeerte!!!..muy buena!!! historia; genera ” goose flesh feelings”..: piel de gallina!
    muy bien!

  2. Itsu miércoles 9, septiembre 2009 at 13:22

    Ya deja de hacerme llorar…no dejes de escribiiiiiiiiirrrr!!!!!

  3. Miguel Sánchez viernes 11, septiembre 2009 at 20:42

    Precisamente Fernando Marcos, el árbitro del partido tras el cual fue incendiado el Parque Asturias, dijo que Casarín ha sido el máximo ídolo de la afición futbolera mexicana y uno de los jugadores más técnicos que han existido.
    Ahora es también un personaje entrañable de ficción gracias a tu iniciativa. Te invito a que inicies la saga de Horacio Casarín, que, a imitación del Cid, gana batallas aun después de su muerte.
    Un abrazo, Elías. Otro gran relato para tu colección.

    • Elías Leonardo sábado 12, septiembre 2009 at 14:36

      Miguel, mira que iniciar una serie de relatos con Horacio Casarín es buena idea, pero también hay que darle cabida a otros futbolistas que han enaltecido nuestro fútbol. Qué mejor que sea con magia. Gracias por el comentario y sigue visitándonos.

  4. GERARDO CASARIN jueves 1, octubre 2009 at 12:30

    Gracias por escribir y seguir recordando a mi tio abuelo.
    Un abrazo a todos los futboleros de corazón.
    Yo tengo una página de los casarín y pueden entrar a la página de mi tio en

    http://www.geocities.com/casarinfam/HORACIO_CASARIN_GARCILAZO.html

    • Elías Leonardo jueves 1, octubre 2009 at 19:33

      Gerardo, bienvenido al Buen Fútbol. No agradezcas, pues tu tío abuelo es historia y valía en este bello deporte y en este breve relato ficcionario quisimos recordarlo como un ser mágico que mucho le dio (y le da al futbol). Regreso el abrazo y espero sigas visitándonos y aportándonos tus comentarios. Un saludo

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