La venganza del rosal

Nunca  olvidaré mi primer balón de fútbol.

Yo tuve una gran cantidad de esféricas antes, pero nunca un balón profesional. Mis padres me platican que apenas tenía tres años y ya pateaba todo lo que aparecía por mi camino. Algunas fotos de aquel tiempo me dicen que mis padres no me han mentido, ya desde entonces me gustaba el fútbol.

En mayo de 1982 todo era juego. No había los peligros que ahora oímos y vemos en la televisión, y si los había, a mí ni me importaba, sólo me interesaba que dieran las cuatro de la tarde para que mi papá me diera permiso de salirme a jugar fútbol con mis amigos de la calle. Por supuesto que antes de eso, tarea terminada y útiles guardados era una obligación. Éramos niños, pero a la hora de salir a la cancha de concreto nos transformábamos en las figuras de aquellos tiempos.

Recuerdo que los gritos eran estruendosos cada que entraba un gol y aquel balón era el orgullo de la cuadra, pues de manera increíble teniéndolo ya en nuestras manos, como que no lo queríamos estrenar, se iba a rayar con el concreto rugoso de aquella calle que fue testigo del primer partido con balón oficial.

Aún recuerdo aquel balón de cuero de gajos amarillos y azules y con el pivote saltón que era el lugar por donde se inflaría el mismo si llegase a perder aire.

El partido inició, cuatro contra cuatro, esos éramos los amigos de la calle. El sol caía fuerte sobre el campo de juego y el viento presagiaba una tarde complicada, sobre todo para los porteros que tendrían que correr por el balón siempre que salía por la línea de meta, y ese aire que parecía huracán se llevaría el balón más lejos aún. No faltó el portero que gritaba desde lejos: “¡no se vale cañonazo!”

Los gritos eran ensordecedores, los apodos retumbaban en los cuatro puntos cardinales. “¡Pollo, Pollo! ¡acá, solo! ¡Mmta, pásala, estaba solo!

En fin, el juego estaba en su apogeo, el balón después de los primeros dos chutes perdió su pulcritud externa, ya era un balón normal, ya le podíamos pegar lo más fuerte que quisiéramos y al fin que ya estaba rodado.

El verde de los pastos de algunos jardines de las casas de la calle ponía su firma en mi balón y parecía aún más profesional el juego, pues el aroma a césped también se levantaba cuando el balón se iba a las casas y así le seguíamos pegando.

Pateábamos todo con tal de ganar el esférico, plantas, rosales, margaritas, hasta macetas que estaban adornando algunos jardines, de todo, el chiste era sacar el balón como sea porque los saques de banda no existían.

Era curioso ver hasta cuatro arrinconados con el pie en el balón queriendo sacarlo de una esquina, y cuando era imposible, el típico bote de pelota decidía quien era el dueño del mismo.

Transcurrió la tarde, el marcador ya era abultado, no recuerdo bien pero era parejo, quizás 11 a 14 ganando… Ya no recuerdo mucho eso, y el balón para esas horas ya hasta medio ovalado, pero no importaba, era un balón en serio. Antes de entrada la noche, pues eran jornadas maratónicas, aquel jardín al que siempre se iba la pelota, puso fin a las acciones.

Sí, un cañonazo desviado por el Nano que ya ni portero era (a esa hora ya todos corríamos por todos lados), salió directamente al rosal más grande de ese jardín.

Pensábamos que el balón era tan grueso que nunca le pasaría nada. Las miradas de todos eran de… bueno, la realidad es que el balón tenía una espina clavada y estaba prensado entre las ramitas de aquel rosal que cobró venganza después de dos o tres balonazos. Ya no lo soportó, ya no nos aguantó.

Después de unos minutos logramos sacar el balón que inmediato resintió el golpe letal y su vida empezó a desinflarse entre mis manos.

Por supuesto que le echamos la culpa al Nano, pero no era para tanto, la amistad perdura a la fecha y esta es una anécdota que jamás hemos olvidado, y hace años que no nos vemos los amigos de la calle, pero siempre que pasemos por ahí, en donde ya ni vive ninguno de nosotros, recordaremos aquel rosal asesino que, por cierto, lo cambiaron por un limonero a los pocos años de esta tragedia.

2 comentarios

  1. soulsurvivor lunes 21, septiembre 2009 at 20:15

    simplemente me encantó la nota.. recuerdo cosas muy similares.. como a don Joaquin (le deciamos don coajin)… que se escondía detrás de una puerta con vitrales transparentes.. y esperaba a que el balón golpeara su puerta para salir y ponchar la pelota.. jajajaque buenos tiempos..

  2. Sergio Sánchez lunes 21, septiembre 2009 at 20:38

    Hola Soulsurvivor, que bueno que te gustó el texto, creo que a todos nos pasaban cosas similares y eso que comentas del señor coajín, jaja es aun normal verlo en algunas calles de nuestro país. El sentido del texto es justamente eso, hacer recordar buenos tiempos y que bien que así sea. Saludos y gracias por compartir tu anécdota, acá seguimos, chauuu

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