¿Y después del fútbol?

El rojo del alto me detuvo. Era la víspera de navidad y estaba cansado, quería llegar a la casa y sustraerme del mundo, aunque fuera por un rato. El rojo seguía encendido y yo pensando en qué haría de comer, que fuera rápido para luego dormir.

De momento, unos golpes a la ventana me regresaron al mundo. Un señor en muletas me pedía unas monedas. Calvo, chimuelo y muy flaco, extendía la mano temblorosa. Tres monedas se resbalaron de entre mis dedos a su palma. Me agradeció y se puso a platicarme un poco. La luz del alto seguía colorada.

Me felicitó por llevar puesta la playera de la Selección de Guatemala (el relato se sitúa en la capital de dicho país centroamericano). Me contó que le encantaba el fútbol, y que yo hacía bien en apoyar a los chapines, luego de su eliminación reciente (no logró pasar al hexagonal).

De pronto el verde del semáforo cortó el comienzo de la plática. Me alejé y seguí pensando en lo que haría para comer.

Unos días más tarde, ya más cerca del 24 de diciembre, volví a toparme con el semáforo eterno de la calle Martí, en la Zona 2. Ahora me acompañaba mi cuñado, un argentino pintor y aficionado al Boca Juniors. De pronto, un par de golpesillos a la ventana interrumpió la plática que teníamos con mi cuñado. Era el mismo señor en muletas.

De momento, mi cuñado se bajó del carro y saludo efusivamente al señor. Me sorprendió. Le dimos unas cuantas monedas, de nuevo. Se acordó de mí, y me dio la mano calurosamente. Ellos siguieron platicando un rato.

Al llegar a la casa, le pregunté a mi acompañante sobre el señor del alto. “Es uruguayo, y era un futbolista reconocido del Peñarol”. “¿Qué cosa?”, pensé. Me siguió contando sobre él. Había llegado a Guatemala para el Comunicaciones, en el ’80. Era delantero y jugador maduro cuando los Cremas lo contrataron. Las cosas del destino lo llevaron al retiro: una falta en el área que le cometió un jugador de los Rojos del Municipal, le ocasionó la fractura de rodilla.

La lesión nunca lo dejo regresar. Se tiró a las drogas, al alcohol y a la perdición. Gastó una fortuna y más, perdió todo lo material y con ello a la familia. La pierna nunca terminó de sanar, y el retiro fue inminente.   De ahí, el destino lo fue llevando a la esquina de la Once avenida y la calle Martí.

La historia me dejó helado, con ganas de saber más, de platicar con el señor de las muletas, de la entrañable historia, de investigar. Mi cuñado lo había conocido un año atrás, y ya había entablado una relación con él, pero sólo sabía que se llamaba Luis.

Ni los libros, ni la web, ni nada. No encontré a Luis en Peñarol y Comunicaciones de los setentas, ni ochentas. Ansioso, volví caminando a la esquina. Le llevaba una foto del Peñarol actual, y algunos quetzales (moneda chapina). Esperé prácticamente tres horas y nada.

Regresé diario, durante dos semanas. No apareció. Tuve que volver a México, pero seguí preguntando por él, y nada.

El señor de las muletas me dejó reflexivo. Desde pensar en la pobreza, pasando por los ídolos olvidados y llegando a las lesiones graves en el fútbol. No hallé calmante para mi curiosidad. ¿Quién habría sido realmente el señor? ¿Sería verdad su historia, su vínculo con el balón? No lo sé. Me quedé frío, helado. Don Luis (en todo caso), fue víctima del ritmo precipitado del mundo, de la farándula del fútbol, y del misterio de lo que sigue luego de que el balón se detiene.

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1 comentario

  1. Jairo Martínez sábado 19, septiembre 2009 at 12:44

    Pues hay que buscarlo ¿no? Igual si algún amigo guatemalteco lo ha visto y conoce su historia, que nos la cuente…

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