Relato macabro de los queretanos

Estaban todos dormidos cuando escucharon los ruidos que provenían de la parte de arriba. Las pisadas se convirtieron en trotes y los respiros en gritos; por lo que de inmediato se levantaron, sabían que había intrusos en la casa. Para ellos ya no era confusión la invasión: años atrás ellos se apoderaron del inmueble vacío, ahora eran los dueños y no permitirían que alguien se los quitara.

Así, los vagabundos, que eran miles, planearon cómo sacar a los intrusos. Algunos enardecidos proponían que fuera con lujo de violencia, otros más tranquilos creían que con un simple susto bastaría. Acostumbrados a descansar y dormir todos los días, no soportaban que el ruido de los extraños los despertara cada amanecer. Los fines de semana eran infernales porque habían muchísimos invitados, por lo que se multiplicaba el malestar. Había que tomar acciones drásticas y decisivas.

Encomendaron al Rulas, un pequeño vagabundo de cinco años, la tarea de supervisión para describir el panorama. Él podía escabullirse rápidamente por las puertas y por su complexión era más fácil que se escondiera si llegaba a ser descubierto. El Rulas subió y regresó con los demás para contar lo que sus ojos habían visto. Les explicó que había balones de fútbol por todos lados, que el papá usaba una tablita para explicarles a sus hijos cómo se deben mover en la cancha. Los tíos ponían a los hijos a hacer ejercicio, que es parte de un “acondicionamiento” físico. Lo que le causaba intriga era saber que los invitados agredían e insultaban a los anfitriones, aunque no todos. Y finalmente les dijo que tenían dos mascotas: un perro negro y un gallo blanco.

Teniendo conocimiento de todo ello y venciendo la pereza matutina, los vagabundos amanecieron temprano un domingo para pulir sus tubos de acero, lijar las antorchas, preparar las bombas, ajustar las resorteras y mentalizarse para la batalla. La decisión estaba tomada: correr a los extraños justo al mediodía. Ansiaban el momento del encuentro violento, hace muchos años no tenían alguna sensación correr en su interior. Y llegó la hora.

Salieron los miles de vagabundos de la parte baja de la casa, donde permanecían escondidos porque no hubo de otra. Corrieron y lanzaron cánticos de guerra. El piso no era más que un césped reluciente. Los invitados no eran más que los aficionados al Querétaro o al equipo visitante. El papá era el Director Técnico, los hijos eran el equipo queretano. El tío no era otro más que el Preparador Físico. Comenzaron a lanzar las bombas y las piedras, pero todo fue en balde… los extraños no supieron de su existencia, no podían ser vistos.

Con la tristeza y frustración del derrotado, los vagabundos regresaron a la parte baja de la casa, donde trataron de encontrar una explicación a lo sucedido. El último en entrar fue El Rulas, que entre lágrimas repetía: “sólo quería patear el balón, sólo quería jugar… no quise matarlo”. Al escucharlo, los vagabundos festejaron la hazaña del chamaco: había matado a uno, y eso significaba que podían morir más, que así ya no querrían regresar los extraños ni nadie más. Más tranquilos volvieron a dormir.

A la mañana siguiente los medios escritos publicaron la gran nota, el hecho más relevante e impactante de la jornada y del fútbol mexicano en muchos años: Muere en la cancha tras ver fantasma. El árbitro Bonifacio Núñez aseguró haber visto el fantasma de un niño pateando el balón. Dicho acontecimiento lo reveló antes de dar su último suspiro. Aficionados relataron a este medio que abajo del inmueble del Estadio La Corregidora hay un panteón y que la leyenda cuenta que los muertos aparecen para reclamar su tranquilidad, misma que no han conseguido y por ello sus almas vagan en la pena.

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