¿Quién despidió a quién?

La tarde del 18 de junio del 2002, en los octavos de final de la Copa del Mundo, Corea del Sur e Italia jugaban en la Purple Arena de Daejeon ante casi 40 mil espectadores, casi todos locales.

Italia se puso adelante al 18′ con gol de Vieri. Hasta ahí todo iba conforme a la lógica. Difícil pensar que los coreanos pasaran de ronda por más que fueran los organizadores.

Pero con el paso de los minutos el juego se emparejó y hacia el final Corea dominaba, tenía el balón y generaba jugadas de peligro. Trapattoni hizo cambios para poblar el terreno de mediocampistas, mientras Hiddink retiraba gente de atrás para cerrar el partido hasta con cinco delanteros. El premio llegó y Seol empató a los 88′. Locura coreana y tiempos extra.

El alargue fue con la eterna historia italiana de cuidarse atrás y aprovechar un error, más la novedosa Corea que en base a ímpetu y velocidad peleaba un partido que se veía para cualquiera. Daba la sensación que todo se resolvería desde los once pasos, instancia en la que por cierto los italianos habían abandonado los tres Mundiales anteriores, siempre derrotados.

Eso sí, los coreanos mostraron una cara muy lejana a la amabilidad. Pegaron y fuerte durante todo el partido, por momentos hasta resultaba exagerado. Byron Moreno, el árbitro, pocas veces marcaba infracción. El enojo creció aún más cuando expulsó a Totti por fingir falta en el área, decisión muy dudosa. Además les había anulado un gol legítimo por supuesto fuera de lugar.

El juego se terminó al 117′ con gol de oro de Ahn Jung-Hwan, quien le ganó el salto a Maldini y mandó la pelota al fondo. Este histórico momento para el fútbol coreano, sumado a la trágica eliminación italiana, desencadenó reclamos y protestas de todo el calcio, incluida la prensa, que eligió al ecuatoriano Byron Moreno como primer víctima de su coraje.

Il Mesaggero tituló: «Totti expulsado, gol anulado, no son árbitros sino ladrones de sueños. Escándalo mundial». Corriere dello Sport encabezó con «ladrones»; mientras La Gazzetta dello Sport publicó: «Vergüenza». La Repubblica tituló: «Mundial, adiós con rabia». Todos ellos fueron unánimes respecto a Byron, llamándolo «gordinflón», «ojos de insecto» e «inmaduro». Totti y Vieri declararon que jugaron «contra 12 hombres». Incluso el diario Tutto Sport aseguró que Angelo Di Livio, Gennaro Gatusso y Luigi Di Biagio intentaron agredir a Moreno tras el partido, pero fueron detenidos por agentes de seguridad.

Al día siguiente en Italia no querían saber nada del Mundial, ni de los árbitros, ni de la FIFA y mucho menos de los coreanos.

La peor parte se la llevó el héroe de la noche, Ahn, quien en ese momento jugaba para el Perugia, al que había llegado desde 2004. Luciano Gaucci, presidente del club, lo despidió ese mismo día. «Cuando vino a jugar con nosotros, no tenía ni para pagarse un sándwich. Se volvió rico sin hacer grandes cosas y ahora, en el Mundial, denigró al fútbol italiano. No voy a prolongar su contrato, no se lo merece. No voy a pagarle el sueldo a alguien que ha arruinado al fútbol italiano». Y siguió : «Que se vuelva a Corea para ganar 50 dólares al mes. Yo soy nacionalista y considero esa conducta no sólo una afrenta para el orgullo italiano, sino también una ofensa para el país que hace dos años le abrió sus puertas».

Serse Cosmi, entrenador en esos días, por supuesto no iba a contradecir la decisión. Tal vez no le quedó otra, pero declaró: «prefiero que juegue otro en lugar de Ahn. Quiero hacer un gesto en favor del fútbol italiano y le daré la oportunidad a Fabio Gatti».

El solo hecho de llegar a Serie A lo había puesto en altares para la juventud de su país. Una especie de Beckham coreano, quien tenía contratos con diversas empresas y aparecía en comerciales que anunciaban desde artículos deportivos hasta cosméticos. Los diarios coreanos, como el Daily Sports, lo instalaron como el mejor delantero de todos los tiempos. El Chosum Ilbo lo describió así: «Ahn era una planta en el vivero, ahora es una estrella».

La prensa italiana presentaba la cara opuesta. Se mofaban de que era más conocido por sus comerciales que por su juego. Il Messaggero afirmaba que Ahn había llegado al equipo «en el paquete» con el patrocinador Daewoo. Le echaban en cara que era «alérgico» al idioma italiano, que sólo sabía decir «ciao» y que durante meses tuvo fuertes problemas de alimentación debido a que no le gustaba la comida italiana. También develaban, sin venir mucho a cuento, que su madre era una empedernida jugadora, y le recomendaban a la señora guardar a su hijo en su casa «como amuleto», para que el fútbol europeo no pusiera sus ojos en esa «bestia negra» del fútbol italiano.

Ahn Jung-Hwan se fue al Shimizu S-Pulse japonés, donde no brilló gran cosa. Pasó por los Marinos de Yokohama, el Metz francés, el Duisburgo alemán y el Suwon Samsung Bluewings coreano, sin gran gloria. Actualmente tiene 33 años y juega con el Busan I’Park, también de su país.

Los italianos al final tuvieron razón en cuanto a que no era un gran jugador. La historia demuestra que jamás alcanzó un nivel alto en el fútbol europeo. Aún así, ese gol pasó a la historia del fútbol coreano y mundial. A pesar del polémico arbitraje, de los reclamos italianos y de su insólito despido del Perugia, Ahn, en su interior, sabrá que él despidió antes a los italianos, y lo hizo nada más y nada menos que en una Copa del Mundo.

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