Relato de un indio

Hace ya 10 años que Gerónimo cruzó el Río Bravo y se estableció en territorio estadounidense. Los primeros meses vivió en un albergue dedicado a apoyar a los braceros mexicanos, mientras conseguían un trabajo (sin papeles). Gerónimo recorrió Texas, Sacramento, Miami, Arizona, Los Ángeles, siendo esta ciudad su morada permanente. Debido a sus conocimientos culinarios, heredados por su madre, encontró empleo como cocinero en un restaurante de medio pelo, propiedad de un mexicano.

Al volver de su agotadora jornada laboral, preparaba su café y se sentaba en el comedor de su pequeño cuarto. De una vieja caja de zapatos sacaba las fotografías de sus dos amores: Jacinta, su esposa, y Ramiro, su pequeño hijo; las contemplaba hasta que se le cansaban los ojos y se quedaba dormido. Al despertar había que limpiar las lágrimas estampadas en un rostro triste, hundido en las distancias.

Cada mes mandaba sus dolaritos para que no les faltara nada a Jacinta y Ramiro. Sin embargo, la tristeza se acumulaba cada vez que contemplaba el crecimiento de su vástago en puras fotografías. No conocía su voz, muchos menos sus sueños e ilusiones. Todo lo que sabía de su hijo era gracias a imágenes fotográficas y a las cartas que escribía Jacinta. Sólo así supo que el niño siempre preguntaba por su padre, que sacaba 10 en la escuela y que era un aficionado empedernido al fútbol, y más con la llegada del balón a Ciudad Juárez, con la presencia de los Indios.

El plazo se cumplió, el tiempo llegó. Gerónimo obtuvo su residencia y legalizó todos sus documentos gracias a la ayuda de un burócrata de origen mexicano. Sabedor de que podía cruzar sin problema alguno contactó la cita ansiada con Jacinta y Ramiro, que lo esperarían al otro lado de la caseta fronteriza. Gerónimo compró ropa para ambos y juguetes para su vástago; aún así sentía que eso no significaba nada a comparación del tiempo perdido que todos querrían recuperar.

Hoy es el día. Gerónimo apenas cruza la caseta y observa a su familia a unos cuantos metros. Los ojos se le inundan de lágrimas, sus pasos se alentan debido a la emoción. Es el pequeño Ramiro que corre hacia su padre para abrazarlo y gritarle con esa felicidad que los niños poseen: ¡Papá! Acto seguido, Jacinta lo besa y lo abraza. Gerónimo no da crédito a la magia del momento, no sabe cómo agradecer a la vida que su hijo y esposa lo amen así: como si el tiempo nunca hubiera pasado.

Pasada la conmoción, Gerónimo se percata de que el pequeño Ramiro viene vestido con su playera de los Indios y en sus manos trae una banderita del equipo con la leyenda “Papá es Indio. Jefe Gerónimo”. Jacinta le da la noticia de que acudirán al estadio para ver el juego entre Indios y Toluca, pues ella le prometió al niño que en su primera ida al estadio iría acompañado de su papá.
Toda la familia acudió al partido. Las emociones estaban a flor de piel. La pasión por el fútbol se mezclaba con la nostalgia del encuentro. Las mentadas al árbitro opacaban al dolor acumulado que hoy quedaba en el olvido. Y llegó el gol de la tribu. De forma sincronizada y al unísono, Gerónimo, Jacinta y Ramiro gritaron el tanto. ¡Gooooool! Se abrazaron, festejaron, lloraron. Indios ganó 1-0 al Toluca. Estallaron en júbilo tantos años de ausencia.

Gerónimo prometió apresurar las cosas ya sea para que ellos se fueran a Estados Unidos o él volviera a Ciudad Juárez. Para no interferir en el ciclo escolar de Ramiro, Gerónimo cruzaría cada 15 días para venir con su hijo a ver a los Indios. No cabe duda que Ramiro es un niño inteligente que comprende bien a su padre.

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