Los otros pumas

El título nos puede orillar a pensar en aquellos universitarios dedicados al estudio, a la academia, al trabajo. En esa comunidad que a los ojos de algunos son aburridos, intelectuales y ratas de laboratorio, que encuentran en las aulas, las bibliotecas o en una oficina un espacio para continuar enalteciendo el orgullo de pertenecer de alguna u otra forma a la máxima casa de estudios, la UNAM.

Y sí, así es. Ellos también son pumas y cuentan con un rasgo que no es peculiar, sino invisible al panorama de los intransigentes: son aficionados al fútbol, devotos a su camiseta. El hecho de no acudir al estadio Olímpico cada 15 días o de no pertenecer a una porra no los excluye de su sentimiento futbolero por el equipo de la Universidad. Simplemente han elegido otra opción de manifestar su apoyo incondicional a Pumas.

Platicando con una amiga psicóloga, egresada de CU y aficionada al fútbol, se comprende otra dimensión del estigma suscitado hacia los seguidores auriazules, a quienes una gran mayoría de la opinión pública les tiene considerados como porros, vándalos, huevones y parásitos.  Ella citó el siguiente ejemplo: “hay gente que apoya al equipo por apoyar, es decir, la borregada. Primeramente necesitan de un símbolo para identificarse en lo individual para posteriormente ser tomados en cuenta por un grupo. Lo vemos en el estadio con algunos ‘aficionados’ pumas. No paran de cantar, gritar e insultar bajo el argumento de que el equipo es el equipo; pero si tú les preguntas la alineación del equipo o en qué posición juega equis o tal jugador no te sabrán responder. Es como aquellos que por estudiar en la UNAM ya le van a Pumas, sin siquiera sentir los colores y la camiseta que portan, que se trasciende más allá de un pedazo de tela. En el plano futbolístico, para ser puma hay que saber qué pasa en la cancha. Es como para dar terapia: sin paciente no hay terapia.”

Otro amigo, sociólogo, se muestra dolido con las declaraciones de algunos jugadores, en el sentido de que ganándole al América se salva la temporada. Para él, lo peor no es que ellos lo digan, sino que la afición se la crea. Criticado por no acudir al estadio, manifiesta que desde su casa, bar u oficina sigue siendo puma. “Es una estupidez que me juzguen de no ser puma por no ir al estadio. El hecho de que sea puma de corazón no implica que sea tonto. ¿Por qué? Actualmente trabajo en la obtención de una beca para seguir estudiando y poner en alto el nombre de mi universidad, sería una barbaridad que con esta crisis pague una cantidad para apoyar a un equipo que no pone corazón y alma en la cancha. Eso no quiere decir que, esté donde esté, la tristeza provocada por la derrota no la sienta. Sea en el estadio o en la oficina la derrota es la misma. Ve las declaraciones sobre que ganándole al América se salva la temporada. ¡Por Dios! el mal papel del equipo no se salva con eso. Deben ser profesionales, y así como quieren ganarle al América, debe ser con todos: no hay rival para el equipo. Es obvio que se le ganará al América… como se debe ganar a todos los que enfrenten a Pumas. Apoyando la mediocridad con mediocridad sólo genera más mediocridad. Soy puma de corazón y un buen puma no es mediocre”.

Como estos casos hay varios más. Soy un aficionado al fútbol y en ocasiones me ha resultado desagradable entablar comunicación con esos aficionados pumas intransigentes, que se montan en su macho de “soy puma y ya” sin prestarse a una charla amena y meramente futbolera, pero esta ocasión me topé con la visión de otros aficionados verdaderamente universitarios con los que se puede charlar sin problema alguno y que desbaratan un prejuicio formado por los otros pumas. En efecto, uno pensaría que por dedicarse a estudiar o trabajar portando su playera felina son uno más, pero el aula o la oficina no demerita que conozcan historia, alineación, posiciones y sistema de juego de su equipo. Como quien dice, ¡órale!

Claro, esto también es propio de americanistas, chivas y otros equipos, que en esta ocasión son harina de otro costal.

Moraleja: no soy puma.

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