Marimar Vega es águila

Quedamos de vernos en un café ubicado al sur de la ciudad. El tiempo se hacía eterno y tuve que pedir otro americano y fumarme otro cigarrillo. Miraba constantemente mi reloj y creí que se había alterado por media hora, pero no: la señorita llevaba treinta minutos de retraso y ni siquiera un “ya mero llego”. Pensé que sería un error enojarme con su impuntualidad, en ocasiones es casi imposible enojarse con el amor platónico de nuestras vidas. Reconozco que por un momento sí me molesté: soy muy pobre como para andar pide y pide cafés, además de consumir cigarros que procuro guardar para el día siguiente.

Y llegó. Bella tal cual es, se acercó para saludarme (besándome la mejilla) y pedir perdón. Insistía en que la expiara de su culpa justificándose con una tremenda manifestación de ancianos discriminados que habían cerrado todas las avenidas de la ciudad. Su argumento estaba de sobra, por supuesto que la perdonaría, y más aún, ¡cómo no hacerlo cuando trae una falda bien pegada al cuerpo y un perfume que ni los lobos en luna llena! (A la hora de ordenar, aproveché su distracción para acariciarme la mejilla. No podía creerlo.)

Sin mucho preámbulo nos presentamos, protocolo que no tenía ningún chiste: todo mundo sabe que ella es actriz y que uno es nadie. No es por baja autoestima, sino por darle crédito a la patética realidad de los mortales frente a ella, Marimar. Como toda dama, pidió un capuchino combinado con cuánta cosa se le ocurrió, algo caro pues. Uno sufría al agitar el bolsillo del pantalón, esperando que la morralla alcanzara para pagar la cuenta. Me da pena que me vean con un jodido / entonces vete / a mí nadie me corre / entonces quédate.

Apenas le tomó a su café y vino el reclamo del por qué me atreví a escribir un relato acerca de ella. Le parecía infantil (y absurdo) que en una página de fútbol se le dedicara un espacio para hablar de su belleza. Después de todo no le pareció tan “feo” que una ficción pudiera acercarla al mundo del fútbol. Evidentemente preguntó “¿por qué yo?, ¿por qué no Sophia Loren?” A lo que respondí: porque el amor (hasta ahora platónico) de mi vida eres tú.

Es que ni siquiera me gusta el fútbol / ¿Segura? / Sí / ¿Y qué haces con esa playera del América? Marimar se sorprendió al verse envuelta en una playera de las Águilas. (En lo particular, creo que vestida de pambolera se veía más guapa. Ya se imaginarán a uno babeando). No sé qué hago con esta playera / Te ves muy bien / No se siente tan mal traerla puesta / Eres americanista / Ya te dije que a mi… / ¿A ti qué? / …a mí comienza a gustarme el fútbol. Y los colores me gustan / Te van muy bien, muy acá.

La charla prosiguió en torno al por qué la había citado en este texto. Desde el argumento de la ridiculez sentimental “porque sueño contigo todos los días” hasta una línea pretenciosa como “soy la ficción que necesitabas” le quise demostrar lo tanto que significa para mis adentros. Para no hacerla tan larga, pedimos la cuenta (ella pagó debido a mi pobreza) y nos marchamos cada quien por su lado.

Al avanzar unos metros, la acera hacía más grandes los hoyos de mis tenis y me detuve en una esquina. Justo en ese momento pasa Marimar Vega en su auto de lujo y avergonzada de ver a su ficción con los tenis rotos me obligó a subir a su nave para darme un aventón. Vaya sorpresa nos llevamos todos: Vega se descubrió americanista y pambolera y yo conocí al amor (reitero que hasta el momento platónico) de mi vida. Desde ese día… menos puedo dormir.

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