La última lección de Toño

La muerte es la fiel compañera que nos acompaña desde que venimos al mundo. Desafortunadamente en nuestro país es algo que ya vemos con naturalidad e indiferencia cuando se trata de un ser ajeno a nuestros círculos cercanos, incluso cuando los decesos sean a causa de un acto trágico o violento. ¿Por qué habría de consternarnos el fallecimiento de un futbolista, en este caso de Antonio de Nigris?

Una respuesta lógica sería porque se trata de una figura pública, involucrada en un deporte jalador de masas. Sin embargo, existen otras aristas que nos permiten generar una empatía con los amigos y familiares del fallecido. Una de ellas es el factor edad, pues se trataba de un joven de 31 años en plenitud de facultades, haciendo impensable la probabilidad de que deje de existir. Probabilidad al fin.

Hay aún otra más importante y que contrapone a la ley natural de la vida: la muerte del hijo. La regla indica que primero tienen que partir los padres, los viejos; que acorde a las circunstancias el impacto de su partida es menos doloroso en comparación con la de un crío. Por inexperiencia no encuentro palabras que se acerquen a ese dolor; hace algunos años vi morir a mi padre; pero jamás a un hijo. La noticia del deceso de Antonio de Nigris ha conmocionado al mundo futbolístico nacional, lo que no se acerca ni tantito a lo que deben sentir los padres y familiares del jugador.

Desconozco qué medidas tomen los clubes ante este tipo de tragedias. El factor económico es casi siempre lo primero que se aborda, es decir, la cobertura de gastos necesarios para salvaguardar el bienestar de las familias que ya no contarán con el padre, el esposo. Pero ¿cómo se ayuda a un padre a superar la muerte de su hijo? ¿Cómo se ayuda a un niño que no ha perdido a un futbolista sino a su padre? La psicología de cada individuo reacciona de diversa manera ante este tipo de acontecimientos y es necesario atender ese factor para superar (no siempre se da) la pérdida. ¿Qué apoyo brindan los clubes para dar atención psicológica a los familiares?

Recientemente Robert Enke se quitó la vida por motivo de una severa depresión, generada por la muerte de su hija ocurrida hace 6 años. La cuestión ya no consiste en polemizar sobre la justificación del suicidio, sino en determinar si los clubes cuentan con la capacidad de atender con prontitud estos problemas. Previo a la decisión de arrancarse la vida, Enke pudo haber sido tratado con una terapia (incluso de por vida) y así evitar la tragedia. De igual manera, cabría la pregunta del cómo atender el aspecto psicológico de un equipo que ha visto partir a uno de sus compañeros intempestivamente y que no repercuta en su estado anímico tanto como individuos como profesionales.

De Nigris no se fue sin dejarnos algunas lecciones, entre ellas el arriesgue. Pudo ser criticado por su inconsistencia para permanecer en un equipo e ir de aquí para allá, pero alguien tenía que hacerlo. De igual manera demostró que el síndrome del Jamaicón es para aquellos que no luchan, como los casos de Almaguer y Villa cuando regresaron de Turquía y España respectivamente porque extrañaban al país.

La lección más importante fue la prudencia, misma que tuvo al despedirse de este mundo como la que le acompañó en su trayectoria. Un jugador que no gustaba mucho de polémicas ni trivialidades, siempre aguantando vara pese a las críticas que se le hacían. Siempre prudente, supo aguantar convocatorias nacionales y banca, demostrando bien o mal su profesionalismo dentro y fuera de las canchas.

Hoy de Nigris ha dejado huérfana a una niña, viuda a una mujer joven, tristes a dos hermanos y destrozados a unos padres. La solidaridad de la afición y de ELBUENFÚTBOL* sea con ellos, pues comprendemos que no perdieron al jugador sino al individuo.

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