Le fallé a Galeano, pero hallé a Onetto

Nos toca enfrentar a Uruguay en Sudáfrica. La cercanía geográfica y el idioma facilitan la navegación para ubicar el perfil del rival. Se respira el fútbol a través del monitor; ni el humo del tabaco aleja el aroma que emanan Peñarol, Nacional, Danubio, Forlán, Francescoli, Recoba. Hace frío en México, lo que no impide a la pasión buscar calentar respetuosamente el encuentro desde este preciso instante, desde esta trinchera.

El pensamiento se torna confuso: la diosa viene a la mente. No sé quién es ni cómo es, sólo tengo la certeza de su sonrisa, esa que no dejo de contemplar en cada una de las fotografías que ha publicado en su red social. Me aferro a extrañarla, a sentirla sin una razón aparentemente lógica: nunca hemos hablado, no conozco su voz. Por si fuera poco, vive al otro lado del mundo; lejos de mí, lejos del país. El cigarro se ha consumido y los dedos teclean a Eduardo Galeano. Perdóname Lalo, no me canso de leerte, pero hoy quiero que el fútbol se vista de mujer.

El barco ciberespacial se ancla en un nombre femenino, Gabriela Onetto. Al pisar tierra me sorprendo de ver el suelo que piso: en ningún momento salí de México. Radicada en Guanajuato, Onetto es una filósofa, poeta, guionista y escritora uruguaya que derrocha su talento en nuestro país sin que muchos lo sepamos, entre ellos yo. En El libro de los pedacitos mágicos busco algo relacionado al fútbol, sin embargo descubro el lado amable del enemigo (resalto el sentido futbolero) magistralmente delineado por las letras de Onetto.

Me siento tonto. El ideal de querer la camorra pambolera se transforma en una vertiente romántica de la famosa frase de Vito Corleone: “ten a tus amigos cerca, pero a tus enemigos aún más cerca”. Vaya que hoy me he dado cuenta de la razón que tenía El Padrino. En el texto Raíces, espejos, tribus, memorias, Onetto plasma a ese México mágico que nuestros ojos se han aferrado de dejar de mirar y que los abrimos cuando un extranjero con sutileza nos quita las gafas. ¡Qué injusto soy!, no es válido calificar de esa manera a una mujer que es más mexicana que cualquiera de nosotros. He aquí un fragmento de su amor por este país:

México es la energía de la tierra, las campanas resonando por todo Guanajuato, el hervidero del Zócalo, el olor a copal y a tequila, el papel picado de colores junto a las tumbas, el hambre y las flores, el tambor y la vida, el mariachi y el terremoto destructor, el elefante pasando inesperadamente en una filmación de carretera, el mendigo feliz, el borracho converso, el fantasma de callejón, el danzante azteca leyendo el periódico, el chocolate humeante, el delirio de azulejos, la fruta, el amor, Dios, el cielo, la amenaza agazapada, lo oscuro, lo azaroso, lo acaso misterioso, la procesión de encapuchados, las espinas, las piedras, los milagritos milagrosos, el agua en las fuentes, el barro, el infierno.

La diosa descansará hasta mañana y la guerra futbolística puede esperar, hoy el tiempo es de Onetto. No encontré fútbol, pero hallé un nuevo mosaico de expresiones que posee la característica de haber nacido en Uruguay y la dicha de vivir en México. Eduardo, perdóname de nueva cuenta. No encontré al fútbol vestido de mujer, pero sí a una escritora que se quita la etiqueta de enemigo para conciliar con su prosa y narrativa esta ferviente inquietud del México-Uruguay.

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