Un partido especial

Elías Leonardo
Por Elías Leonardo
Sábado 6, Marzo 2010

La vieja cancha del llano quedó intacta. Las porterías se mantienen firmes y la pintura blanca que marca el medio campo, los bordes y las áreas, aún puede distinguirse. La tierra se enojó, removió todo lo que estaba encima de ella. Mi casa se vino abajo, me duele no haber sacado con vida a mis recuerdos. La ferretería de papá ahora es un montón de escombros, no se puede diferenciar a los metales de las maderas. Vivimos aquí: en la vieja cancha del llano.

Mamá me dice que aquí se juega un partido diferente, donde a la vez somos jugadores y aficionados. Sé que miente, pero lo hace para protegerme de la realidad; quiere evitarme un trauma. Su intención es buena, se la agradezco, sin embargo deberá entender que a partir de ahora comienza un nuevo dolor que no sé cuánto tiempo llevaré en sanar. ¡Ay mamá!, todavía cree que tengo 6 años, y ya tengo 18.

En lo que llega la ayuda, hombres (jóvenes y adultos), así como algunas chicas, hacemos hasta lo imposible por apoyar en todo momento a las mujeres, niños y ancianos que han sido golpeados por la catástrofe. En los momentos de descanso (cuando los hay) aprovecho para narrar este partido en mi mente. “La niña le pasa el agua al anciano, éste la baja como si fuera su último trago. La panadera no deja de gritar, pide las asistencias para su marido, que ha sido víctima de una entrada criminal: un pedazo de vidrio se arropó en su espinilla”. Lo hago en silencio porque estúpidamente creo que debo tomar con humor la miseria que brinda el panorama.

Las porterías las forramos de papel simulan ser tiendas de campaña. Los moribundos e infectados por algún virus han decidido que ahí se les “encuartele”, a fin de no poner en riesgo a los demás. “Yo tengo Sida y estoy listo para partir. No quiero que inocentes se vayan después por mi culpa”, dijo Sebastián, mi mejor amigo. Es difícil la despedida, pero es su voluntad. Hace un año fue detectado con VIH, ha gastado mucho en medicamentos, aunque en realidad no le han servido de mucho: este es su momento.

Me siento frío, duro; me conviene evadir los brazos cercenados, el llanto de las madres, las risas cosidas, las miradas sangrantes. Tengo que ser fuerte, sobre todo por mamá. No sé cómo decirle que mi hermano comienza a heder, que su cuerpo está podrido. Lleva más de 24 horas muerto y ella lo carga en sus brazos, cantándole para que despierte. Según mamá, mi hermano “está dormido, le gusta hacerse el flojo”.

Apenas el mes pasado mi hermano cumplió 7 años. En dos semanas debutaría en esta cancha, tal como lo hizo papá a su edad. Es una tradición en esta zona del mundo debutar a esa edad en el llano, una tradición que yo rompí al no gustarme el fútbol. Hoy papá y mi hermano me ven desde otra tribuna, felices de verme por vez primera en una cancha. Desafortunadamente nunca imaginaron que me verían jugar este tipo de partido. Hasta ahora ganan la miseria, el hambre y el horror, pero en alguna parte de mi ser albergo la esperanza de que ganará la vida.


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