La Orquesta Sinfónica de Londres

Ya sabemos que Arsenal juega bien, siempre lo hace. Temporada tras temporada, aun desprendiéndose de sus figuras más preciadas, los Gunners saltan a la cancha con el único compromiso de respetar su fútbol, de tratar bien al balón.

Si hoy decimos que el equipo de Wenger volvió a brillar no anunciamos nada nuevo, pero si decimos que hoy alcanzó un nivel más alto dentro de la finura de su fútbol, no estaremos tan equivocados.

Fueron una máquina, así de simple. Corrijo, porque las máquinas se relacionan con lo mecanizado, con lo brusco. Busquemos otro calificativo más sutil para lo que vimos hoy. Juego delicado, distinguido, ingenioso e inteligente, aunque claro, no por ello menos letal. Arsenal es una orquesta, palabra que viene del griego y significa lugar para danzar, definición utilizada desde el siglo V a.C. cuando las representaciones se efectuaban en teatros al aire libre (¿El Emirates cuenta como teatro?). Y es que ellos danzan sobre el césped, flotan al ritmo del balón. Si quieren encontrarle otra explicación a la danza, lo de hoy también fue un baile espectacular, una pieza donde sólo brilló uno.

Desde el minuto uno los once rojos comenzaron a interpretar lo que mandó su director. Toques, pases, movimientos, viveza, alegría. Todos en su función, Campbell, Sagna, Vermaelen, Song… sí, como si se tratara de violines, violas, violonchelos y contrabajos. Rosický, Clichy y Diaby serían la flauta, el oboe y el fagot; ¿Trompetas y cornos? Arshavin y Nasri. Y sólo falta el golpe, el instrumento que con mayor facilidad se adapta a los demás, que suena según haga falta, la percusión, no importa si son tambores y timbales, aquí lo vamos a llamar Nicklas Bendtner, quien hoy se escuchó tres veces.

Y así como alguna vez Mozart y Joseph Haydn hicieron cambios en la estructura de la orquesta al utilizar clarinetes, o el mismo Beethoven que añadió el flautín, el contrafagot y el bombo, Arsène también se ayudó de Eboué, Denilson y Walcott en los cambios. Todos ofensivos.

El director, por supuesto, no sólo se encarga de mover la batuta. Tiene una función clave, la formación. Si queremos una definición aceptada sobre las obligaciones de un director de orquesta, encontraremos algo como esto: Es una persona que no sólo mantiene el tiempo de la pieza y da las entradas de los instrumentos para que la interpretación sea coherente, sino que debe interpretar la partitura según el concepto “global”, manteniéndose fiel al espíritu original de la obra pero dando una visión personal. Nunca ha habido una tesis sobre un director técnico de fútbol, pero, al menos en el caso de Arsène Wenger, yo propongo la misma.

La obra se llamó 5-0 sobre Porto y el libreto se cumplió cabalmente. La obertura: los dos goles de Bendtner antes del 25′, así como Guillermo Tell de Rossini o Don Giovanni de Mozart. Nasri, sin ayuda de nadie, se encargó del preludio, desarrollado a partir de los dramas musicales de Wagner que se caracterizan por no seguir las formas establecidas. Fue precisamente lo que enseñó el francés. Tomó un balón en los límites del área, condujo, se adentró, amagó con todo el cuerpo y salió entre tres defensores para fusilar a un pasmado Helton. Lohengrin, acaso la ópera romántica más conocida de Wanger, está compuesta para que el personaje del mismo nombre sea interpretado por un tenor lírico-heroico (¿estamos hablando de música o de fútbol?). Y el intermedio, pieza orquestal interpretada normalmente entre dos actos, lo vivimos con el cuarto y quinto gol, Eboué y, otra vez, Bendtner. Vaya regalo del Arsenal mientras esperamos su siguiente aparición, ésta ya por los cuartos de final de la Champions League.

Si preguntan por orquestas famosas seguro que la repuesta será la Sinfónica de Viena, la Sinfónica de Berlín, la de Boston o la de San Francisco. Si me preguntan a mí, a partir de hoy les responderé que mi favorita es la Orquesta Sinfónica de Londres, perdón, el Arsenal FC.

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