Faltan enemigos en casa

Elías Leonardo
Por Elías Leonardo
Viernes 12, Marzo 2010

Venía en el Metrobús muy enojado por el calor que hace en la ciudad. De repente en una estación sube una pareja, él venía de jugar fútbol. El chavo se lamentó de haber perdido el partido y culpó a todos sus compañeros de la derrota. Cariñosa, la chica calmó su ira con un beso. Él insistió en crucificar a todos sus compañeros y fue entonces que la chica lo paró en seco con una frase contundente: “Mi amor, pero si tú eres medio malito. Acéptalo”. Energúmeno se puso el hombre: “No es posible que tú me digas eso”. “Sé honesto. Acepta que no eres bueno. Haces la lucha, pero no juegas como los otros”, atizó la chica.

Cualquiera diríamos que con esas novias para qué quieres enemigos. Sin embargo, y en mi percepción, la chica tiene razón. ¿Por qué? Estamos acostumbrados a que la gente que pertenece a nuestro entorno afectivo (familia, pareja, amigos) nos diga puras odas y masajes al ego. Impensable resulta escuchar una opinión que ponga en tela de juicio nuestras capacidades o aptitudes. Eso sí, cuando no nos favorece dicha opinión nos salimos por la tangente: odio, desprecio y reclamos.

Algún día se me ocurrió la idea de estudiar psicología, a lo que mi padre dijo que yo no tenía madera para serlo. Por supuesto que me le puse al brinco, ¡cómo era posible que mi propio padre me dijera eso! Su argumento fue que no soy un hombre muy paciente que digamos, que me desespero fácilmente. Tenía razón, pero sólo hay que ver pasar el tiempo para darle la razón.

En el fútbol debería pasar lo mismo con aquellos aspirantes a futbolistas que encuentran en las dádivas afectivas un futuro ficticio. No digo que no se valga soñar o tener esperanza, pero también hay que tener en cuenta qué te gusta, para qué eres bueno y para qué crees que eres bueno. Un ejemplo: para nuestros padres siempre seremos los seres más bellos y hermosos del mundo. A los que somos feos, y me incluyo, no nos tendría por qué molestar que la mamá nos diga: “pos si estás feíto, pero y qué”. No miente.

En el caso de un futbolista amateur que ni siquiera sabe parar el balón y ya le urge por debutar en Primera División, alguien debería decirle: “Oye mano, antes de que corras aprende a gatear”. En el caso de un futbolista profesional, de esos que a todas luces ante medios, compañeros y aficionados en general nomás no da una, su familia ─si en verdad lo ama─ debería hacerle ver que el fútbol no nació para él. “Hijo, eres mi adoración, mi vida, pero la verdad sí juegas mal. No te lo quise soltar así, pero lo hago por tu bien”.

Pongámonos a pensar en lo siguiente. Imaginemos a la esposa o novia de un jugador que es objeto de críticas y burlas por su pésimo, y comprobable, desempeño futbolístico. ¿A quién le va a gustar que le digan con argumentos que su peor es nada es un imbécil? Sabiendo que es verdad lo que le dicen. Claro, siempre existirán las respuestas (excusas y pretextos) como las ya trilladas: “es un buen padre”, “es un buen ser humano”, “sabe ser amigo”, “ha sufrido mucho”. El que sea un buen ser humano no está a discusión, sino su nivel de juego.

Imagínense qué pasaría el día que un ser querido le haga ver a un mal futbolista su suerte. Es mucho pedir. Si no estamos preparados para recibir críticas constructivas dentro del seno afectivo, mucho menos para las que vienen de fuera. ¿O será al revés? Para que vean que no estoy exento del asunto, les cuento que mi madre (cuando quiere) lee lo que aquí escribo y lanza sus opiniones: “estás mal”, “ese no me gustó, le falta algo”, “no me dice nada”, “podría estar mejor”; como también las hay positivas: “me gustó”, “no lo había visto así”, “nomás quítale esto”. Es como con los amigos. Uno malo te dice siempre y en todo momento: “vas muy bien”, uno bueno te dice cuando debe: “vas mal”.


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