Sentir el fútbol desde la esencia más pura

La piel se me puso chinita, los pelos de punta y reconocí un sentimiento por el que muchos pasamos alguna vez en la vida. Es el vínculo que uno siente cercano a los “dioses” del balón, la ilusión de ser parte de ellos y ser como ellos. Era día feriado y los niños se reunieron, unos casualmente y otros especialmente para la ocasión, en el entrenamiento del Club Universidad Nacional.

A la salida esperaban a los jugadores, al técnico, autógrafos, fotografías, retratos, una sonrisa, saludos. Ansiosos, cientos de niños gritaban y alababan a sus ídolos: ¡Tuca! ¡Te amamos Tucaaaa! ¡Bernal, Bernaaaaal ¡Bravo, Bravo Martín, eso es! ¡Cachas, eres mi ídolo Cachas!

Cada segundo que pasaba significaba el aumento de la expectativa, el crecimiento de la ilusión de verlos en vivo y a todo color. Crecía también el número de aficionados pumas o al fútbol en general, y de algunos despistados que se acercaban a ver qué demonios causaba tanto alboroto.

En medio de todos ellos, la prensa. También aguardaban pero más que expectantes, contaban las horas, preparaban preguntas, seguían su rutina diaria, hablaban de otra cosa: como cualquier otro día, iban a la conferencia de prensa.

Al finalizar la sesión, los medios de comunicación entraron y la gente se aglutinó para ver si podía entrar de alguna forma a saludar a las estrellas o formarse para la ansiada y preciada firma.

Entonces bajaron los futbolistas. Los niños gritaban extasiados y al borde del colapso de felicidad. Los Pumas se detuvieron dispuestos a otorgar tiempo de calidad para sus seguidores. Autógrafos, fotografías, retratos, una sonrisa, saludos.

Uno de los jugadores salió y los niños se aglutinaron, y sin organización formal pero sí espontánea se formaron. Cuando ya tenían sus firmas recabadas y la mayoría de las fotos en la memoria, se reunieron alrededor del futbolista universitario.

Fue entonces cuando recordé ese sentimiento. Como si una luz iluminara a uno de los niños, vi cómo veía a su ídolo: ojos desorbitados, pupila dilatada, corazón a tope, sonrisa inamovible, amor al fútbol desde la inocencia.

El jugador volteó hacia otro lado y el niño, más sonriente que nunca y sin dejar de ver a la estrella que tenía al lado, tocó con la yema de los dedos la playera y la frotó para sentirla. Bajó la mano y apretó con cariño los tacos con los que juega el futbolista y que llevaba cargando en la mano. Los acarició.

Todo pareció correr en cámara lenta y enfocado en esa imagen. De momento la luz que focalizaba mi atención en la escena del niño y el puma se difuminó en una toma más amplia y que describía la salida del jugador.

Me quedé reflexivo, contento, ilusionado también. Recordé mi experiencia de niño, mi pasión futbolera, el vínculo con los jugadores, similar al niño que realizó uno de sus sueños: ver y sentir a un jugador profesional, un ídolo y, seguramente, un ícono en su vida.

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