Gol de Gemmill

En el bar la conoce. Ella le corresponde. Se droga. La conquista. Se van a la casa de la chica. Se besan. La toca. Lo agarra. Se abrazan. Se tiran a la cama. Él está completamente ebrio, drogado, enajenado, flotando. Así lo disfruta. Ella está borracha y deseosa. Le gusta.

Se desnudan. Ella se sienta sobre él. Se fusionan, se extrapolan sus sentidos. Explosiones de placer caen en el cuarto, en la cama, en los fluidos que se vuelven uno. El grito es excelente, el éxtasis, la cereza. Llegan juntos al momento preciso. Todo es perfecto, el tiempo se detiene.

Se abstrae del mundo. Ya no la ve pero la siente todavía. Observa el horizonte y levanta el brazo izquierdo frente a su público excitado: acaba de hacer un gol de época, exquisito.

Es Arthur Gemmill, que tras interceptar un balón que parecía perdido en la banda derecha, lo convierte en poesía. Se desplaza, desparrama holandeses y cruza al arquero… mejor imposible. Es el gol que Escocia necesita para avanzar a la segunda fase del Mundial Argentina 78. Es la escena del film Trainspotting donde Renton tiene sexo con Diane y cuando llegan al cénit, recuerda el golazo de Gemmill.

Tres minutos después del festejo escocés, Rep, el extraordinario punta de la Naranja Mecánica sepultó las aspiraciones británicas: metió el segundo de Holanda y aunque perdieron a fin de cuentas (3-2), la diferencia de goles los pasó a la siguiente fase. Los Tulipanes terminarían segundos y Escocia se despediría del Mundial.

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