El Mundial 2010

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad. «El fútbol a sol y sombra» de Eduardo Galeano.

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La Tierra enfurecía y denunciaba el maltrato recibido durante décadas, inconciencia generalizada. Olvidada, desde la oscuridad que le propinaban las sombras de las millones de luces emanadas de ciudades adictas a la tecnología, la Tierra se movía. El peor terremoto de la historia deshacía la pequeña y golpeada históricamente isla de Haití. Chile recibía la misma medicina que más tarde cambiaría de sede a Tijuana. Destrucción que evidenciaba gobiernos, intrusos internacionales, olvido, dolor.

Millones de jóvenes cambiaban magos por vampiros teenagers, seductores, guapos, hermosas. Olvidaban todavía más la estética fílmica y absorbían con desesperación la idea de inmortalidad, poder y roles machistas, el juego de emociones. Kathryn Bigelow comandaba la película ganadora del Óscar, promoción descarada a la legitimación de la guerra en Oriente Medio. Se hacía justicia liberando por fin a Polanski de la prisión suiza donde rayaba paredes creando historias nuevas.

Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel y Raúl Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. Bolivia se emancipaba del yugo financiero del FMI, Venezuela acaudalaba mayor conciencia política y social al igual que críticas y más críticas, Brasil era ejemplo de liderazgo como Estado y a su vez como la gran incapacidad para reconocer el origen de la lucha sindical y social, que los había llevado al éxito. Uruguay, el sencillo Uruguay continuaba en la construcción de una nueva forma de gobierno, desmitificando al poder, equiparándolo con el pueblo.

El mundo se rendía ante el primer presidente de Estados Unidos negro y aparentemente con mayor sentido social e inteligencia de todos los tiempos. Las apariencias se derritieron al tiempo en que el mismísimo Obama, además de promocionar hamburgueserías en el ancho del territorio gringo, se frotó las manos con el oro negro heredado, que meses más tarde sería derramado y dejaría un Golfo de México como una alberca de muerte aceitosa.

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La afición por el color de la obsidiana llevó a Joseph Blatter a inaugurar la primera Copa Mundial de fútbol en el continente más pobre del planeta Tierra, Árfica. Un país herido por la historia, pretendía hacer una fiesta y cambiar el futuro que desde dieciséis años atrás parecía más prometedor e igualitario.

País de idealistas, humanistas, literatos, médicos, trasplantes, rugby, ¿equilibrio?, riqueza y belleza natural, diversidad de fauna…

Bajo esas condiciones, treinta y dos selecciones nacionales, representativas de igual número de federaciones afiliadas al mounstro capitalista más firme y prodigioso de la galaxia, la FIFA, se debatían con la incursión del peor enemigo de la justa: el Jabulani, manufacturado por niños asiáticos, de Pakistán, que ensamblaron para Adidas en 2002 y desde 1970, la pelota de alta tecnología que se echó a rodar, la tarde de la inauguración en el estadio de Johannesburgo, y que  por segunda ocasión en Copas del Mundo, sin costuras, con una redondez perfecta gracias a sus ocho paneles tresdé moldeados de forma esférica. Una pelota hecha para arrancar fortunas del pasto e inhabilitar al arrinconado gol.

Varios protagonistas sobresalieron de la competición más cara de la historia. Pocos equipos fueron diferentes al resto: España fue campeón por su estilo acuñado desde el imaginario e impredecible y posesivo cerebro de Hendrik Johannes Cruijff; Holanda, traicionera a los principios del loco antes citado, fue el subcampeón de las pinceladas; Alemania y su estilo coqueto a la idea del mismo loco holandés dejó a gente extasiada; un Uruguay sólido, consistente y relajado gracias a la incursión telepática de su Maestro en la cancha, que nada tuvo que ver con el loco en cuestión, alegró la copa; y Ghana, el invitado emotivo a las estrellas del balón, único representante digno del continente anfitrión.

Pero ningún protagonista tan afamado, vanagloriado, sacralizado incluso, como el participante inglés naturalizado alemán que tiñó de certeza el Mundial de Sudáfrica 2010. El oráculo vivo más solicitado durante cada previo teutón –ante la triste falta de emoción general de la justa-. El pulpo Paul fue el único que no falló y que además de todo, jugó ocho partidos como nadie siquiera pensó.

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Mejor volvamos al Mundial de carne y hueso. Sudáfrica le heredó al planeta la responsabilidad de promover el buen trato a la pelota mediante la coronación española, además de la certeza de que con trabajo alejado de vicios jerárquicos, es posible alegrar a toda una nación.

Latinoamérica demostró que el Mundial no es una Eurocopa disfrazada con la inclusión de Argentina y Brasil, hoy más mitos que realidad, más dinero que realidad, más mediáticos que realidad. Paraguay se aferró a la sorpresa y logró una digna estancia en cuartos de final, se fue despedido por el campeón. Chile expresó fútbol colectivo, pero rígido al fin de cuentas. Maradona y Dunga solamente amarraron las piernas de sus propios valores.

El goleador Müller hizo la mitad que su paisano y tocayo, Gerd, cuarenta años atrás en el mejor Mundial de la historia. En lo que a espectáculo y satisfacción popular se refiere, este 2010 apenas pudo superar al desnutrido 1990 e igualar al raquítico 2002. Thomas, jovencito de 20 años oriundo de Weilheim in Oberbayern, Baviera, Alemania, puso al mundo de cabeza con sus cinco anotaciones, misma cantidad que apenas lograron en más minutos jugados Villa, Sneijder y Forlán. El mismo Diego, grande con la pelota, de espalda fuerte para sostener a su Selección, fue condecorado con el Balón de Oro. El otro tipo gigante en fútbol, de estatura pequeña y carácter reservado, aseguró un lugar en el firmamento de los dioses futboleros: don Andrés Iniesta, el autor del gol español en la final.

Fue, sin duda, la Copa romperécords. El organizador fue justamente eliminado en primera fase, con su fútbol acéfalo y precario. La final fue disputada por dos países ávidos de la primera estrella cocida sobre el escudo de su federación. El peor arbitraje de todos los tiempos se resumió del 11 de junio al 11 de julio. Y México, aunque no rompió récord en el campo de juego, sí lo hizo en las tiendas departamentales, mercados, tianguis y copias: el país que más playeras de la segunda equipación vendió, a cantidades descomunales. Fueron negras, como su desempeño en su décimo cuarta participación en un Mundial de Fútbol.

A Eduardo.

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5 comentarios

  1. Chiva martes 13, julio 2010 at 20:47

    Grande Elías, no se si un mundial tan insípido como el de reciente fin, se merezca tan tremendo texto. Un abrazo y mi sincera felicitación por este post.

  2. Chiva martes 13, julio 2010 at 20:48

    Grande Emiliano y tonto yo por mi confusión, retiro mis elogios al buen Elías. El crédito es tuyo Emiliano.

  3. Emiliano Castro Sáenz martes 13, julio 2010 at 20:52

    Jajajaja gracias Chiva, muchas gracias. Qué razón la tuya al referir al sudafricano como un Mundial insípido, pero es Mundial al fin. Un evento social, fenómeno popular… el planeta giró en torno al fútbol cuentagotas del que fuimos testigos.
    Gracias por comentar y por no elogiar a Elías, jaja no es cierto. Gracias.
    Hasta pronto.

  4. Chente jueves 15, julio 2010 at 17:25

    Grande.
    Sin mas denominaciones.

    Saludos!!!

  5. Emiliano Castro Sáenz viernes 16, julio 2010 at 14:21

    Pocas pero concisas palabras, sr. Chente.
    Saludos!

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