Maradona, una cuestión nacional

Maradona, una cuestión nacionalMaradona es un impostor. O al menos, su apellido resulta una imposición. Ese señor de la mano de Dios y las piernas cortadas debería llamarse Argentina. No creo que haya una persona que sea tan espejo de un país como él. Los argentinos somos Maradona. Todos. Los maradonianos y los antimaradonianos. Es Diego el reflejo de un país volcánico, que se hamaca entre los extremos, que ríe, llora, sufre, sin abandonar la dosis de exageración que reclaman los sentimientos vividos profundamente.

Somos como somos. Y Diego es como somos. Por eso lo amamos. Con la misma devoción y por las mismas razones que, en otras ocasiones, lo denostamos. Nos miramos cuando lo vemos. Y eso, a veces, nos causa dolor.

El mundo nos ha dicho lo que es cierto: somos ególatras, soberbios, prepotentes. Somos lo que no nos gusta de Maradona. Pero nos reivindicamos como afectuosos, muy amigos de los amigos, familieros, pasionales, divertidos, nostálgicos. Ahí aprobamos a Diego.

En esa lógica prohibición de la indiferencia, le miramos el semblante. Tan contradictorio como el hombre de la otra cuadra que escupe su rabia y el muchacho que lo adora incondicionalmente, ahora el Diego de la gente debe decidir si sigue o no al frente de la Selección. Los guionistas del Diez estamos sin mover el bolígrafo. Nadie sabe qué palabra escribir. Diego decidió recluirse en su casa y generar ruido con su silencio.

¿Debe seguir o no? ¿fue realmente un fracaso? No ganamos la Copa, es cierto. Pero al menos se repitió la mejor actuación de los últimos cinco mundiales. “Ah, entonces no somos tan buenos”, nos dijimos. No nos cuestionamos el rango. Pero deberíamos. Con el respeto debido por la Selección Mexicana, hace 20 años que no le ganamos a nadie. De los grandes, sólo a Brasil en el ’90, en un partido recordado por lo mal que jugamos. Casualmente (o no) ése día en la cancha estaba Maradona.

El que más se parece a nosotros. El más nosotros de nosotros. Si alguien sale de Argentina y pregunta por este país al sur del mundo la respuesta es instantánea: Maradona. Es nuestra marca registrada. Es la huella digital de un país que lo ama y lo odia con similar intensidad. La de un país ciclotímico, que se ama y se odia. ¿O no nos creemos los mejores en fútbol y no sólo en el fútbol? ¿O no nos pensamos los peores, el patio trasero del mundo? Claro que sí. El triunfo nos pone arriba, allá, inalcanzables de lo que nos puedan decir. En cambio la derrota nos hace crueles, autocríticos impiadosos.

Maradona nos puso en un lugar incómodo. Ningún extremista (lo somos) sabe cómo moverse en una zona gris. Y de Sudáfrica nos volvimos sin blanco y negro, como reclama la identidad constitutiva de Argentina. Hubiese sido preferible perder en primera ronda para desenfundar la lengua y destrozar al ídolo. O mejor, ganar la Copa y elevarlo al Olimpo. Pero Diego, esta vez, no fue ni Dios ni Diablo. Y entonces nos quedamos de brazos cruzados, sin saber qué hacer.

Depende de él. Que es nosotros. Si Maradona sigue estará bien. Y si no, también. Así somos. Impredecibles, geniales, miserables, auténticos, soberbios, débiles. Ya saben, como ése impostor que se hace llamar Maradona.

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