Elipsis del eterno retorno

De 2000 a 2001 me dejó de gustar el fútbol. Simplemente así nomás. Una crisis existencial que trascendió a mis más puros adentros, a mi pasión por excelencia, a mi ego y orgullo. Dejé de vibrar con los partidos de las Chivas; la Selección me parecía una burla con el uniforme más asqueroso que yo recuerde; las noticias de la Juve y el Barça ni me llamaban la atención; los analistas me molestaban tan sólo al escuchar su nombre. Estaba deprimido.

Me pareció ver en todos los equipos, ya no únicamente en México sino en el mundo, las mismas caras, rotando, cambiando de uniforme cada seis meses, cobrando lo que ni siquiera el rector de la máxima casa de estudios o el mejor doctor de la tierra pudieran llegar a ganar. Árbitros incompetentes, los mismos por cierto. Dt’s incomprensibles, idénticos a los anteriores.

Creo que ganó Santos uno de esos cuatro torneos. Otro tal vez fue Morelia con Comizzo en el arco… y es que aprovechaba cualquier televisión de restaurante para echar un vistazo rápido –no me fuera a contagiar de nuevo-. Decían por ahí que había una gran camada de jugadores mexicanos ávidos de nacionalismo y ganas de cambiar su triste realidad se vestía de verde bajo las órdenes del Ojitos Meza . Pasó lo mismo y, ¡qué coincidencia extraña!, llegó el Vasco a las aguas turbulentas aquellas.

Cómo son las mamás que todo lo saben. Me vio quedarme más en casa que en otros tiempos. Le extrañó no verme en el patio donde estaban las porterías improvisadas, “emulando” a Abundis y Borgetti. Una tarde hablamos y le dije en tono serio que no quería volver a inscribirme en la escuelita del Cruz Azul a la que iba en bici cada miércoles y viernes, o salir con los amigos de la cuadra a rezar por que los carros no interrumpieran las gloriosas cascaritas. Ya no me gustaba el fut.

Rápidamente desechó la idea: Pero mi’jo, además de que tienes que hacer ejercicio, el fútbol es tu vida. Al instante, las palabras me devolvieron la sangre al cerebro, me recordaron al Gusano Nápoles celebrando pechotierra en el Jalisco, saboreé cómo me encantaba pegarle de zurda y que la redonda deformara su curso, los inicios de partidos en voz de Emilio Fernando Alonso, el buen fútbol pues…

Hasta ahora, unas cervezas y los entretiempos habían logrado solapar una realidad oscura: el fútbol mexicano. Se repite, como elipsis –pese a que no cambió en esa década, ni lo hará la próxima- eso de la prostitución de los fichajes, los arbitrajes decadentes, las declaraciones estúpidas, las preguntas insípidas. Es la elipsis perfecta, como el chiste de gallegos. “En Galicia no hay retornos, porque sino los conductores estarían dando vueltas eternamente”. Somos gallegos mis buenos amigos, pues aquí seguimos.

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