Gerardo Rabajda

Rabajda en PueblaCorría 1995 cuando llegó al fútbol mexicano un portero fuera de serie. Algunos medios lo anunciaron como una figura uruguaya de gran renombre, que incluso fue pilar en el Peñarol. Otros, para no variar, lo cuestionaron y calificaron como un desconocido cartucho quemado que venía a sangrar las carteras aztecas. Ese hombre se llama Gerardo Rabajda y vino al Puebla, equipo donde dejó gratos recuerdos.

Portador de un look peculiar, calvicie insignia en la parte frontal y una larga melena cubriéndole la nuca, Rabajda compaginó la imagen con su particular estilo de atajar. Sin importar que los balones carecieran de peligro, Rabajda se aventaba por ellos. Peor aún, si el esférico estaba destinado al saque de meta, él se emocionaba y los convertía en tiro de esquina nomás por el puro gusto de divertirse.

Atrevido y arriesgado, en ocasiones suprimía el uso de las manos y detenía los trallazos con el rostro. Recuerdo un tiro a rajatabla de Alberto García Aspe (cuando jugaba en Necaxa) y Rabajda se aventó anteponiendo la cara para evitar el gol.

Por si algo le faltaba, cada vez que salvaba a su portería de una anotación corría hacia los árbitros para presumirles su hazaña y de paso preguntarles qué opinaban sobre la misma. El nazareno que más se divirtió con Rabajda fue Pascual Rebolledo, quien incluso se acercaba a él para felicitarlo cada vez que detenía un penal o impedía un gol.

Tanta parafernalia del lance no fue en balde, pues se convirtió en ídolo de la afición poblana. Hasta ese momento, el lugar de la idolatría en el arco camotero le correspondía a Pablo Larios. Sin embargo, las atajadas y el rol protagónico que Rabajda realizó para regresar al Puebla a los primeros planos lo consagraron en una época donde el surrealismo y la picardía abundaban en el fútbol mexicano.

¿Para qué hablar de su después cuando podemos encapsular su ese ahora?

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