Lev Ivánovich Yashin

Emiliano Castro Sáenz
Por
Viernes 13, agosto 2010

Nunca vi pelear a Héctor o Aquiles, tampoco pude ser testigo de las aventuras del gran Odiseo, pero hubo un tipo, Homero –posiblemente mítico también-, que plasmó mediante poemas y cantos a grandes leyendas, héroes de batallas épicas, personajes sobrehumanos que, inventados o no, jamás se borrarán de la historia.

Un buen día supe que el fútbol me gustaba y que sería mi pasión a lo largo de la vida, que me acompañaría y que yo haría lo propio con él, donde pudiese hacerlo. Desde ese entonces habían ya unas cuantas (varias) cosas establecidas, como el fuera de juego, los tres puntos, las tarjetas, los cambios, Hugo Sánchez  el mejor mexicano, Maradona el argentino, Pelé el brasileño, Cruyff el holandés, DiStefano el… ¿madrileño?, y Lev Yashin, el ruso. Antes del hombre de nombre extraño, del cual poco registro se tenía a la mano, todos los apellidos se referían a cracks con la pelota bajo los pies, goleadores, magos con sus botines y un centro de gravedad anormal al resto de sus contrincantes. El ruso, en cambio, era el único imponente, gingantón y habilidoso con las manos, los saltos y reflejos.

¿Cómo iba yo a saberlo si el tipo había triunfado varias décadas antes de mi afortunada iluminación futbolera? Fácil: así son las leyendas.

Lev Ivánovich Yashin, el mejor arquero de la historia, dejó pasmados a quienes tuvieron la oportunidad de apreciar sus lances. La araña negra le decían, lo vitoreaban, por su clásico uniforme oscuro, por parecer viuda negra. En efecto, Yashin presumía de sus ocho guantes imbatibles. Sus rivales lo odiaban pues era un tipo que, en jugadas mano a mano, prácticamente no salía de su área chica y tapaba todo. Era un monstruo que cada tiro de esquina sembraba el terror y salía en pos del esférico. Un héroe todoterreno, fiel a sus colores, esclavo de sus ideales e inquebrantable en su modo de vida.

Debutó a los 17 años en 1949, tras una tarde de lucidez donde sustituyó a un amigo en la portería –Lev solía tapar el arco en el hockey sobre hielo-. Se volvió profesional en el Dinamo de Moscú con quienes ganó cinco ligas y tres copas de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, país al que mediante su selección, defendió en 75 ocasiones. Disputó cuatro Mundiales. Obtuvo el oro en los Juegos Olímpicos de Australia 1956 y la Eurocopa de Francia 1960. Según la numeralia, en 270 de 360 partidos no recibió gol y detuvo 150 penales (según información de adnradio.cl). Se retiró en 1971 a los 42 años, un año después del Mundial de México, donde empataron en primera fase sin goles con los locales y cayeron en cuartos de final ante el Uruguay con gol del valiente Espárrago en tiempo extra.

Ni Jabulanis, ni Teamgeists, ni Fevernovas, ni nada… balones de cuero, en gajos y costuras con los fríos bajo cero y, al principio de su carrera, sin guantes. Lev Yashin demostró que las bases y la esencia son primordiales cuando se escribe en letras de oro –negro- las épicas actuaciones del fútbol.

Su porte, cual típico y digno integrante de los Albiazules de Moscú, era como un militar de las filas del ejército soviético, que curiosamente a lo largo de su provechosa vida, se enfrascó en la Guerra Fría. La araña negra murió de cáncer en 1990, poco tiempo después de la caída del bloque ideológico al que perteneció.

Un hombre de valores establecidos que dejó época y constancia, pues no sólo marcó un estilo bajo los tres palos, sino que trascendió para siempre como el héroe, como el más grande, como el mejor.

Canta, oh diosa , la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves cumplíase la voluntad de Zeus desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.


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