Fue hace 25 años

Terremoto de 1985 en la Ciudad de MéxicoUstedes lo ven siempre contento atendiendo a los clientes. Detrás de la barra, cobrando y preparando café, Alberto es feliz. Limpia las mesas no como una responsabilidad laboral, sino como una muestra de amor a su trabajo. Se ha ganado la admiración de muchos y el afecto de varios. Pocos, casi nadie, se atreven a preguntarle qué le pasó a su pierna derecha. Cada vez que esto sucede, Alberto evade los cuestionamientos y responde con un “¿cómo va la chamba?”.

Hoy llegué temprano al café de siempre y por vez primera vi su rostro serio, desencajado. Con la mirada agachada, me saludó con una voz seca, muerta. Después de cobrarme, alzó la mirada y supe que había llorado. Verlo así causa, además de extrañeza, alarma; éste no es Alberto. Le pregunté si podía ayudarle en algo. Respondió:

“Aún me duele. He intentado rehacer mi vida, y lo he hecho, pero no del todo. No logro superar mi frustración. Pude haber sido alguien, pude haber tenido un mejor presente del que tengo ahora. Esta maldita pierna… ¿sabes?, pude haber sido futbolista”.

Fue hace 25 años. Aquella mañana del 19 de septiembre de 1985, el edificio de Izazaga donde Alberto trabajaba como mensajero se vino abajo. Una pared atrapó su pierna, mientras que varillas y escombros sepultaron a sus compañeros. Faltaba una semana para que se fuera a probar a las juveniles de Pumas, ¡una semana!

Compaginaba sus estudios de preparatoria con el trabajo y el fútbol. La situación en su casa era difícil. Su padre recién había fallecido y tenía que ayudar a su madre para sacar adelante a sus tres hermanos pequeños. Pese a la adversidad, todos los fines de semana encontraba en los campos de la Magdalena Mixhuca la fuga más benévola para combatir los problemas: jugar fútbol, soñar con ser futbolista profesional.

Inconsciente, fue trasladado al Hospital de Xoco. Hubo que operarlo de emergencia y su madre le rogó al médico que le salvara la pierna, que no lo mutilara. Así fue. Sin embargo, la extremidad quedó inservible para jugar al fútbol, no así para llevar una vida digna. Hasta la fecha, Alberto acude a terapia psicológica para poder enfrentar y superar el trauma de no haber sido futbolista. Cabe resaltar que ha dado otro paso importante en el tratamiento: ha aceptado que escuda en su frustración pambolera el dolor de no haber podido salvarle la vida a alguno de sus compañeros. “Todas las noches los escucho, todas las noches…”.

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4 comentarios

  1. luistua domingo 19, septiembre 2010 at 10:59

    Apenas ayer se ha caido parcialmente un edificio que, gracias a ese sismo de hace 26 años, se averió y desde entonces estaba «deshabitado»(había unas familias dentro).
    Me gusta leer este tipo de historias, gracias por compartirla.

  2. LuiXo domingo 19, septiembre 2010 at 11:47

    Nunca patees un balón x favor, sigue escribiendo… que gran envidia (de la buena) te tengo, siempre logras tenernos al borde de la lagrima

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