Gol de Aimar

De casualidad, ayer me topé en la televisión de la oficina con un programa muy atractivo para todos esos románticos del buen fútbol. En ESPN transmitían los que -a su juicio- han sido los mejores 500 goles en la historia. Predispuesto, imaginé que serían los mismos de siempre, los comerciales, los mediáticos, los trallazos impactantes. Craso error.

Resultó que aparecieron anotaciones mágicas y memorables, otras desconocidas, y unas más clásicas. Turquía, Gabón, Inglaterra… el futbol tiene ese algo que lo hace tan ajeno pero tan familiar; es tan de uno, tan disfrutable, tan nosequé.

Entre el asombro y la desatención, la voz del narrador me obligó a voltear de nuevo a la pantalla y hacerle caso. Era el Valencia – Liverpool de la Champions 2002/2003. Comercialón, lo sé, pero qué momento.

Curro Torres con la pelota. Ya estaba yo esperando el patadón característico, cuando entregó el balón. Al mismo tiempo que descomponía todos mis pronósticos más la cintura de toda la defensa rival, el segundo toque se estaba gestando. Rapidez, precisión, estética. Me paré del asiento emocionado, ya con el grito y la sonrisa bien calzada. La danza de los valencianos acompañó a Baraja a tocar la pelota y habilitar al siempre oportuno Pablito Aimar, que ya había participado en la atractiva jugada.

Sobrio, como sé que lo sigue siendo, el Payasito colocó la pelota con cariño dentro del rectángulo que custodian las redes sostenidas a los tres postes. Mi grito, mi salto, mi carcajada, nada se pudo comparar a la cara de los colegas a mi alrededor, que acudieron asustados.

Vaya pieza maestra… el gol por supuesto.

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