Silbatazo final

Silbatazo finalY allá iba aquella figura adulta con su hijo de la mano, como cada jueves de partido entre el terregal que el viento levantaba en aquellas canchas bien llamadas “el polvorín”. Era normal que durante los partidos que jugábamos, los remolinos se hicieran presentes, e inmediato el árbitro pitaba para dar tiempo a que pasara el torbellino que arrastraba de todo, tierra, papeles, hasta vidrios, pues en esas canchas uno se encontraba de todo, por encimita y hasta enterrado.

Bueno, uno de esos días disputábamos un partido contra otros chamaquillos de una escuela cercana a esas canchas. Ya era normal que nos reuniéramos cada jueves por la tarde y que el papá de uno de los nuestros fuera de árbitro. Ese día llegamos todos menos mi amigo y su papá. “Ahorita llega”, decíamos optimistas. La verdad es que no nos cuestionábamos nada malo, simplemente no llegaban y ya llegarían.

Pero el tiempo pasó y decidimos empezar el partidito entre los que estábamos, éramos como 14 contra 12 o algo así, pero en cancha grande y con 11 años de edad, daba igual, el chiste era jugar. Los minutos pasaron y de ellos ni sus luces. Ya para el segundo tiempo, el marcador tenía muchos goles en la pizarra vieja y oxidada que estaba a un lado de la cancha. Uno de nosotros se encargaba de ir a pintar con un tabique, de esos anaranjados, cada gol que entraba.

El terregal se hizo presente una vez más, el balón por ahí se perdió y de la nada esuchamos un silbatazo a lo lejos y un grito infantil que decía, “tiempo, tiempo”. No veíamos mucho por la tierra en los ojos, pero a medida que el remolino se alejaba nuestras miradas se aclaraban y pudimos observar a Mario, que llegaba solo a la cancha con el silbato de su papá, quien, les cuento rápido, era árbitro de fútbol llanero en sus buenos tiempos. Sí, ahí estaba Mario con su gorra de los Cachorros del Atlético Potosino mal puesta y sus rostro manchado de lágrimas, de esas que ya están secas pero que con la mugre de la tierra se quedan marcadas… para siempre.

Por supuesto que Mario dejó el silbato y se puso a jugar. Recuerdo que la noche empezó a caer y ya era hora de ir a casa. Mario tomó el silbato de su papá y pitó el final, igualito que los árbitros profesionales, al menos eso le dijimos después. En ese momento un grito desde lejos se escuchó… “¡Mariooo! ¡Mario!”. Era su papá, que días después nos enteramos que en aquella ocasión había decidido irse de su casa por alguna razón que mejor ya no quisimos investigar.

La promesa que le hizo a su hijo de ir a pitar cada jueves la cumplió dos o tres ocasiones más. Después, de él, no volvimos a saber y nuestro amigo al poco tiempo se ausentó de las canchas. El recuerdo de su papá pitando los partidos no fue fácil de superar, y su historia como defensa lateral, de esos que iban al remate siempre que podía, llegó hasta ahí. Jamás regresó a la cancha, al menos hasta donde supimos…

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