¡Gracias por ese rugido, Diego!

En los años mozos de nuestra infancia preguntábamos por todo. Absolutamente todo. “Papá, ¿de dónde vienen los niños?”, “mamá, ¿qué es la muerte?”. Poníamos en jaque a nuestros mayores, quienes se aventaban mutuamente la responsabilidad para responder a los cuestionamientos del chamaco. Pero hay cosas, las hubo, que no necesitaban de una pregunta; eran las respuestas en si mismas. Por ejemplo, ver jugar a Maradona.

Su apellido estaba en boca de millones de personas. No había diario que no escribiera sobre él. Cada paso que daba, así fuera para ir al baño, era captado por las cámaras. Su nombre era el regalo divino para el periodismo sensacionalista y amarillista. Era el hombre objeto de culto y reverencia, la figura del paparazzi. Pero Diego era algo más, era el fútbol, era el mundo.

Apreciar su gambeta, espontaneidad e irreverencia en la cancha sólo podía cumplir una función: enamorar. Crecí con ese sentimiento hasta ahora, pero fue en la adolescencia donde sustenté mi devenir sentimental hacia él. En esa etapa en la que su derrumbe fue aplaudido por sus detractores, aquellos que se encargaron de matarlo una y otra vez. Eso sí, jamás basándose en el fútbol que embellecía Maradona y sí inspirándose en la vida privada (y muy pública) de Diego.

La cocaína y adicción a las drogas fueron causas suficientes para que los millones de Pilatos lo sentenciaran. Diego había muerto; fusilado y lapidado. En la selva del fútbol, el rey, el león, fue silenciado y cazado por todos aquellos a quienes les dio de comer, periodistas y medios. Para sus fieles y seguidores, como un servidor, en la tristeza del luto aún permanecía encendida la esperanza de la resurrección. Y lo hizo.

Era 1994. En el Mundial de Estados Unidos, Maradona juega contra Grecia. Balbo recupera el balón, lo toca para Redondo, éste se lo pasa Diego, quien devuelve a Redondo. En una fracción de segundos, Redondo toca hacia Caniggia, éste devuelve y Redondo regresa de nueva cuenta el balón a Diego. Y llegó un zurdazo desde la media luna, ¡¡¡goooool de Maradona!!!

Y tembló el mundo. El cielo se puso más que azul. Maradona corre hacia el extremo izquierdo de la cancha para festejar. Tiene un objetivo, sabe a dónde dirigirse: a las cámaras de televisión. Millones de personas, entre ellas sus detractores, contemplan el rugido del rey de la selva pambolera; Diego ha resucitado. No canta ni grita el gol, ruge. Y con ese rugido volvería a multiplicar los panes en las redacciones y cadenas televisivas.

Este es el momento de la reivindicación. Mientras Maradona ruge como la gran fiera que es, a mi mente vienen los recuerdos de la infancia maradoniana: México 86 y Nápoles. El ídolo, el hombre que me enseñó a amar el fútbol en lugar de cuestionarlo, estaba de regreso; vivía. Gracias a aquél rugido comprendí lo que en verdad significaba Maradona. ¡Gracias Diego!

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