Ese día el fútbol nos compensó con Hagi

[pro-player]http://www.youtube.com/watch?v=xxnKqMuqE6k[/pro-player]Venía retrasando una limpieza general entre las cajas y muebles donde guardo videos, periódicos, revistas. Todo de fútbol.

Este fin de semana por fin me animé… y ni siquiera empecé. Lo primero que salió fue un VHS con el Rumania-Argentina de Estados Unidos ’94. ¡Qué partido! No hubo de otra, tuve que ir por la abandonada videocasetera y me senté a ver el juegazo, me senté a ver a Hagi.

Calorón en Pasadena. Maradona en la tribuna. Raducioiu también. Abajo, en el campo, sin embargo, sobraba fútbol y clase. Redondo, Batistuta, Balbo, Simeone, Ortega; Petrescu, Popescu, Munteanu, Hagi, Dumitrescu.

Argentina, golpeado porque le arrancaron al 10, llegó como tercero del grupo D, atrás de Bulgaria y Nigeria. Los rumanos, medio desconocidos previo al Mundial, tuvieron una primera fase extraña, golearon a Colombia, los goleó Suiza y derrotaron 1-0 a los gringos.

Caniggia tampoco estuvo por lesión. Basile optó entonces por Basualdo y Burrito, éste en su primer partido mundialista como titular. El técnico rumano, ya a estas alturas fuera de mi memoria, era Anghel Iordanescu, que le puso un problemón táctico al Coco. Mucha lucha, mucho físico, mucha presión. Además, Prunea, el portero, paró casi todo lo que le enviaron.

El arquero argentino, viejo conocido en México, fue Luis Islas, quien se quedó congelado mientras veía caer el primer gol, de tiro libre, de otro que anduvo por estas tierras, Illie Dumitrescu. Batistuta no tardó en empatar gracias al penal concedido por falta de Prodan, un rumano de bajo perfil que de vez en cuando regresa en recuerdos por el sobresalienete Mundial que tuvo.

Y ahí comenzó la magia rumana. Seguramente los mejores momentos que ese país vivió en la historia de las Copas del Mundo.

Dos minutos después del gol de Bati, Hagi construyó un contragolpe a pura inteligencia junto a Dumitrescu, quien finalmente hizo el gol. El ex-americanista y ex-atlantista lo acompañó, le devolvió un pase y entró como avión al área, justo a una velocidad que contrastó con la sutil forma en que puso la pelota en la red. Toquesito de zurda y 2-1 en apenas 18 minutos.

La historia de cada camiseta, recuerdo, hacía pensar que finalmente el marcador se voltearía. Cuando menos eso decía mi lógica a los 11 años. Al medio tiempo Argentina se fue 2-1 abajo, pero era ni más ni menos que el subcampeón del mundo, el campeón anterior, y doble campeón de América. Ese equipo de Basile que estuvo 33 juegos invictos hasta que Asprilla, Valderrama y Valencia los golearon en el Monumental.

El segundo tiempo fue pura insistencia argentina. Por aquí, por allá… y nada. Prunea se quedaba con todos los balones. La Albiceleste dominaba, tenía el balón, pero ahora que se repasa el juego a la distancia, en los rostros rumanos jamás se notó ni un solo gesto de preocupación. Lo ganaban, y sabían, muy en el fondo, que ese resultado no lo cambiaba nadie, ni Maradona.

Y sí, el mundo, así como cualquier futbolero, extrañó al Diego ese día. Yo también. Pero en cambio, el fútbol, siempre justo, siempre amable, nos compensó con Hagi, el Maradona de los Cárpatos, un apodo que ese 3 de julio fue más ironía que otra cosa.

Otro contragolpe. Tras un córner argentino, Dumitrescu arrancó desde campo propio junto a otro compañero que finalmente sólo sirvió para atraer marcadores. Mientras tanto, en la imagen de la televisión, atrás, muy atrás, bien chiquito, en la esquina de la pantalla, un amarillo arrancaba desde su media luna. Dumi condujo, condujo, volteó la mirada, no veía a nadie, siguió con el balón, frenó, retuvo más, amagó, levantó la cara, y puso un balón al espacio más vacío de todo Los Ángeles. Pero estaba calculado, Hagi apareció 80 metros después, de frente al marco, con todo el triunfo en su pierna, y definió como el genio que era. 3-1.

Después entró Medina Bello por Sensini, pero Argentina no pudo revertir nada. Prunea siguió evitando todo. Bueno, excepto un disparo de Cáceres, del que dio rebote y Balbo contrarremató. Ahí se selló el 3-2 final.

Los sueños se festajan más que las realidades, y ese día Rumania le abrió la puerta a uno de esos sueños que hacen filas largas esperando ser soñados. Echó del Mundial a una generación importantísima de futbolistas argentinos y, de paso, construyó la más grande generación de su historia.

Fue uno de los partidazos de aquel ’94, fue la consagración de Hagi, y fue el salto a la fama de otros tantos rumanos que después se regarían por el mundo, incluso en México, donde también llegó Belodedici.

En fin, que dejaremos la limpieza para otra ocasión…

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7 comentarios

  1. Emiliano Castro Sáenz lunes 8, noviembre 2010 at 18:19

    A partir de entonces, yo siempre fui Hagi en las cascaritas. Saludos y excelente, como siempre buen Jairo.

  2. Jairo Martínez lunes 8, noviembre 2010 at 23:33

    Yo era Baggio, pero segundo Hagi, cómo no…

  3. luistua martes 9, noviembre 2010 at 13:48

    venganza de Italia 90 para los rumanos, nah fue más que eso como dices, fue como estar en el cielo y ver esos sueños hechos realidad

  4. Jairo Martínez martes 9, noviembre 2010 at 17:33

    Tal cual luistua. Esa vez yo estaba con Argentina, pero después del juego, ni cómo enojarse. Rumania encantó a todos. Saludo.

  5. isaura l. miércoles 10, noviembre 2010 at 17:51

    Me he tardado dos días en comentar tu texto Jairo, me encantó, pero me quedé sin palabras.

  6. Jairo Martínez miércoles 10, noviembre 2010 at 19:02

    Para bien, espero… Un saludo Isaura.

  7. Marco Dávila sábado 16, abril 2011 at 10:02

    Excelente artículo. Felicidades.

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