La belleza de ser Martín Palermo

Hay personas que nacieron para ser grandes. Para mostrar dicha grandeza no hace falta recurrir a proezas o hazañas, basta con valorar los pequeños detalles. Su paso por este mundo deja huella sin necesidad de reflectores, ellos mismos son el espectáculo; suficiente con ser uno mismo para triunfar. Tal es el caso de Martín Palermo.

Este jugador es un canto a la vida. Maestro ejemplar de cómo darle la vuelta al fracaso, Palermo sabe caer y levantarse sin miedo alguno. El éxito para él llega en cada toque o jugada, jamás mira para atrás. Por si fuera poco, tiene la capacidad de hacer creer a los escépticos y de hacer reír a los amargados.

Desconozco cómo conciba la mente de Palermo el fútbol. Me intriga saber cómo percibe un balón en los entrenamientos o qué piensa mientras le dan indicaciones tácticas. Lo visualizo como un hombre inquieto, de esos que cuando van al cine están más pendientes de rellenar el bote de palomitas que en ver la película.

En las canchas nos ha deleitado con fallas extraordinarias y goles inexplicables. Es tan capaz de errar tres penales en un partido como también de meter un gol de cabeza desde el medio campo. Tan agresivo para liarse a karatazos con Chilavert, así como arriesgado para recibir a una tribuna con aficionados que han de fracturarle la tibia y peroné. ¡Ese es Palermo!

Lo recordamos más por sus desventuras e infortunios cargados de humor involuntario que por sus logros futbolísticos. Detrás de sus dimes y diretes con Navarro Montoya existen títulos con Boca. Oculta bajo los festejos estrafalarios -que le cuestan tarjetas rojas- se resguarda la justicia de un gol mundialista.

Palermo es quien es: único y auténtico. ¡Cómo no hacerlo entrañable en nuestras sonrisas! No en balde alguna mente cargada de locura (y bendita sea) tuvo la ocurrencia de hacer una película sobre el buen Martín.

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