El argentino más cuestionado

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No voy a caer en el imperdonable error de comparar a Messi con Maradona. No. Si la somera descripción del mejor jugador del mundo incluye la comparación con Diego, no cuenten conmigo. Pienso en Messi. El chico no merece semejante atropello; el futbolista inmenso, de carne, ante la leyenda divina, inmaculada. En Argentina, Maradona es Dios. O más. No hay tantos creyentes de la Providencia católica como de San Diego.

Messi es otro hombre; eso, un hombre. Alguien que juega al fútbol como nadie. El problema es que no es profeta en su tierra. Tildado de apátrida, se argumenta: no juega como en Barcelona. Y cuando brilla, se relativiza: no lo hace en partidos importantes.

Messi es el Dios del fútbol, salvo en el país donde nació. En Argentina es el más acusado, al que se le exige todo; pide el pueblo futbolero que haga milagros.

El pibe supersónico, ayer, encendió una corrida, soportó la patada de Lucas, el cinco, y definió abajo. Golazo. Los que parecían simples testigos eran tipos famosos, vestidos de amarillo; eran brasileños. Ese gol, su gol, Messi lo hizo en un Argentina-Brasil, en el cierre del partido. Con ese gol, su gol, Argentina ganó 1 a 0 el clásico, después de cinco años.

Dirán que fue en Doha, Qatar. O que se trató de un amistoso. Todo cierto. Messi no tiene la culpa de los detalles. Tampoco que se lo mire raro, distinto, tan fuera de foco. Messi es Messi, un genio. Un  hombre con gambeta indescifrable, pique eléctrico, precisión en los pases y gol, mucho gol. Nada tiene que ver con Maradona. Aunque de esto último no estoy muy seguro.

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