Aldo el rey

En Monterrey cantan, festejan, se emborrachan, bailan, gozan, lloran y se saborean el cielo con la cuarta estrella que ahora deslumbra y adorna el escudo Rayado. Ciudad de altos contrastes, hoy celebra la alegría y el poder, el estremecimiento de entrañas y alma que regala a veces el fútbol. Justicia ciega la del balón, le ha cambiado la cara -aunque sea así, efímero- a la encrucijada socialpolítica que vive la capital de Nuevo León.

Fue mediante el negocio ese que divierte pero que todavía resiste la muerte, con bríos tales como este, partidos así, esencia fútbol que explota… que el cielo, la tierra, los sentidos y la inmortalidad, se logró fotografiar el instante preciso que lleva sellos que vagaran por la historia del buen fútbol.

La figura de Aldo De Nigris marcó la pauta de la que estamos hablando. Es de esos tipos que desequilibran balanzas y otorgan respiros, personajes que motivan seguir, abren criterios y establecen diferencias.

La final se definió con goles de Humberto Suazo y José María Basanta. Dos jugadorazos. Expresivos. Tormentosos y adelantados para su tiempo. Pero además de ellos, de los reflectores de lo inmediato, de su gran calidad, el aplauso se dirige a De Nigris.

Es un delantero natural, un nueve, un goleador que se reduce en espacio y preocupa al contrario, siempre. Tiene además la cualidad de suavizar su tosquedad con sus pies. Amaga, dribla, se bota, corre, habilita. Forma parte de una generación bizarra de atacantes larguiruchos pero capaces técnicamente.

El torneo mexicano, las diecisiete fechas, sirven de pretemporada hacia la postemporada. Es una agonía lamentable que desemboca en una aveces atractiva revolución de partidos en seguidilla. Aldo fue modelo perfecto de tal aclaración. Desarrolló un nivel sobrenatural en la Liguilla y explotó definitivamente en el duelo contra Santos Laguna, Romano y compañía, en pos del trofeo plateado. Y lo consiguió.

Hijo pródigo de Monterrey, hoy por hoy ciudad hermosa, secuestrada, dividida, poderosa, ingobernada, miedosa, violenta, de high life, corrupta… Aldo De Nigris, por medio del Club Rayados, le regresó al pueblo más allá de la sonrisa, lo sustrajo de la realidad irreal y lo colocó -hasta a los Tigres, me aventuro- en el concepto de espiritualización adaptada al fútbol… al buen fútbol.

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